Desde los orígenes de la Congregación de la Misión, San Vicente de Paúl dejó claro que la devoción mariana no era un mero adorno sentimental, sino un pilar estructural del carisma. De hecho, la propia bula pontificia fundacional establece que los misioneros promoverán un «culto especial a la santísima Trinidad, al sagrado misterio de la encarnación y a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios» (Bula Salvatoris nostri, 1633).
El amor del fundador por la Virgen era profundamente reverencial y práctico. San Vicente instaba a sus seguidores a rendir un obsequio diario a «esta dignísima Madre de Dios y nuestra» (Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, Cap. X, art. 4) y a imitar sus virtudes, «especialmente su humildad y su pureza» (Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, Cap. X, art. 4). Su convicción era tan fuerte que, para celebrar con dignidad las fiestas de la Reina del Cielo, tenía la costumbre de ayunar en su víspera junto a toda su casa y oficiar solemnemente los actos de culto al día siguiente.
La Asunción en cuerpo y alma al cielo es la demostración definitiva de la misericordia de Dios, que enaltece a los humildes y derriba a los soberbios. En la liturgia de esta solemnidad resuena el Magníficat, auténtico «canto de libertad de los pobres» y de los marginados de la sociedad. María encarna a los más pequeños que confían plenamente en Dios, reconociendo su propia debilidad para que el Señor obre maravillas.
San Vicente de Paúl comprendió a la perfección esta dimensión compasiva de la Madre de Dios. Él la veía como la suprema intercesora de los vulnerables, llegando a invocarla con una profunda ternura: «santísima Virgen, humilde sierva de los pobres, tú que hablas por aquéllos que no tienen lengua y no pueden hablar» (Obras Completas de San Vicente de Paúl, IX, 733). Su glorificación en la Asunción nos recuerda a todos los vicentinos que el servicio a los excluidos y el amor efectivo tienen un destino seguro de eternidad y victoria.
El Evangelio propio de la Asunción relata también el episodio de la Visitación, mostrándonos a una María ágil y decidida que se pone en camino a la región montañosa «sin demora» para servir a su prima Isabel. San Vicente utilizaba precisamente este dinámico misterio mariano para enseñar a las Hijas de la Caridad y a los misioneros cómo debían acercarse a los necesitados, indicando que la visita: «Hay que hacerla pensando solamente en Dios y como la hizo la santísima Virgen, cuando fue a visitar a santa Isabel, esto es, con toda mansedumbre, con amor, con caridad» (Obras Completas de San Vicente de Paúl, IX, 246).
Hoy, en nuestro camino misionero, este dinamismo de la Virgen es nuestro mejor impulso para ir hacia las periferias. El Papa León XIV, reflexionando sobre el encuentro de servicio entre María e Isabel, nos recuerda que hoy quienes sirven a los pobres y oprimidos «son la alegría de la Iglesia, son su permanente fecundidad», y nos exhorta a mirar a estas figuras como «mujeres pascuales, apóstoles de la resurrección. ¡Dejémonos convertir por sus testimonios!» (Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, Papa León XIV, 15 de agosto de 2025).
Celebrar la Asunción de María es renovar nuestra identidad vicentina. Que su Asunción a los cielos nos impulse a ser misioneros con los ojos y el corazón abiertos, listos para evangelizar a los pobres y llevar la compasión sanadora de Jesucristo a los rincones más necesitados de nuestro mundo.