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Ir al contenidoQueridos amigos:
Dios está reuniendo a su pueblo elegido. Dios, que es admirable en sus santos (Sal 67, 36). Y una de esas santas es la Beata Marta. Ella permaneció fiel a Dios y lo amó por encima de todas las cosas en su vida. A través de su servicio vemos también la obra de Dios en su vida y en la de aquellos a quienes sirvió.
Creo firmemente que hoy la Beata Marta se une a nosotros. Nació en una familia numerosa, en un momento muy difícil (1874) para Polonia, cuando el país había sido prácticamente borrado del mapa de Europa. Desde su más tierna infancia, quienes la conocían observaban que quería ayudar a todas las personas: a sus padres, a sus compañeras de escuela o a sus vecinos. Así, el deseo de ayudar al prójimo fue creciendo cada vez más en su corazón. A los 16 años decidió dedicar toda su vida al servicio de los pobres y, con este fin, eligió la vida religiosa en la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Después de completar allí el seminario interno, sor Marta fue enviada a la ciudad de Leópolis. Allí comenzó su ministerio en el hospital, donde, junto a hermanas mayores, aprendió el oficio de enfermera. Muy rápidamente demostró gran capacidad en este servicio a los enfermos, que se convertiría en su principal misión hasta el final de su vida. Otro aspecto importante de ese período fue que las hermanas observaron con cuánto cuidado y amor desempeñaba este ministerio. Como prueba de ello están las palabras de los propios pacientes, que a menudo no la llamaban por su nombre, sino «la hermana que ama».
Podemos preguntarnos: «¿Cuál era la razón de este modo de vivir de la Beata, de servir de esta manera?» La respuesta es: su fe. Todo provenía de su profunda fe, de su relación íntima con Dios, a quien amaba con todo su corazón y a quien deseaba servir ardientemente en las personas enfermas y sufrientes.
¿Y cuál es nuestra fe? ¿Qué significa para nosotros la fe? Tal vez sea solo un conjunto de fórmulas que conocemos de memoria, especialmente nosotros, sacerdotes y personas consagradas. Quizás sea algo que todos hacen y que yo también hago. Tal vez sea algo cómodo para mí. O quizá sea un don de Dios, esa gracia mediante la cual Dios quiere estrecharnos hacia sí para mostrarnos quién es Él. Y para que luego esa experiencia nos haga capaces de abrazar a quienes lo necesitan. La manera en que experimentamos a Dios y la imagen que tenemos de Él influyen también en nuestra fe. Porque, como vemos en la vida de la Beata, la fe es una gracia, un don que Dios nos concede para conducirnos hacia Él.
Probablemente estas convicciones ayudaron e impulsaron a la Beata a asistir a personas de distintas nacionalidades y confesiones religiosas, permitiéndoles sentir que no estaban solas, sino amadas.
Después de algún tiempo en Leópolis, sor Marta fue trasladada a Podhajce, donde se le cambió el nombre por el de Zuzanna. Nadie le dio importancia, porque en la Compañía existía la costumbre de cambiar temporalmente el nombre a algunas hermanas cuando había varias con nombres similares. Cuán profético resultó ese cambio se evidenció en el siguiente destino de sor Marta: la ciudad de Bochnia, lugar de su particular «Vía Crucis».
Cuando llegó a Bochnia, nada hacía prever las duras pruebas que la esperaban. Ya era una enfermera cualificada y fue destinada al hospital local. Allí había dos pacientes en una misma habitación: un joven de 18 años, familiar del párroco local, enfermo de neumonía, y un hombre de 50 años que estaba siendo tratado por enfermedades venéreas. Marta, como siempre, mostraba la misma bondad y atención a ambos. Un día, mientras esperaba para tomar la temperatura al joven, se sentó distraídamente a los pies de su cama porque estaba cansada. Esto bastó para provocar la reacción del otro paciente, quien desde hacía tiempo se sentía atraído por ella como mujer, sin ser correspondido.
Poco después, este hombre acusó públicamente a la Beata de adulterio y llegó incluso a afirmar que esperaba un hijo del joven pariente del párroco. Como suele ocurrir, entonces igual que ahora, semejantes rumores se propagaron rápidamente por toda la ciudad y sus alrededores. Comenzó así la «Vía Crucis» de la Beata. Nadie parecía interesado en averiguar si aquello era verdad o mentira; simplemente todos hablaban de ello. Su reputación fue manchada por todas partes. Algunas personas incluso llevaban cunas frente a la casa de las Hermanas; otros dejaban juguetes para niños. El propio párroco pidió inmediatamente a la superiora que trasladara a la hermana a otro lugar.
En definitiva, algunos habitantes mostraron claramente de qué estaban hechos. Sin embargo, nada nuevo en la historia de la salvación.
¿Y qué hizo la Beata? Admirablemente, continuó su servicio en el hospital con la misma serenidad, dedicación y amor que siempre la habían caracterizado, sin prestar atención a los insultos. Podemos preguntarnos de dónde sacaba la fuerza para vivir así aquella situación. Pero al mismo tiempo vemos qué era lo verdaderamente importante para ella: glorificar con todas sus acciones a Aquel a quien amaba sobre todas las cosas. Su prioridad era agradar a Dios y no a los hombres. Y el fundamento sobre el que construía su vida era su fe.
Solo poco antes de morir, el hombre que la había acusado confesó que todo había sido fruto de los celos, porque ella le gustaba mucho como mujer y no había obtenido de ella ninguna respuesta. Pero esta confesión llegó casi un año después de la calumnia. Durante todo ese tiempo, Marta tuvo que cargar con el peso de aquella falsa acusación.
Tras permanecer todavía algún tiempo en ese lugar, fue enviada a un nuevo destino que resultaría ser el último de su ministerio terreno y el lugar de su gloria celestial: la ciudad de Sniatyn.
Cuando sor Marta llegó allí en 1902, la ciudad era una localidad fronteriza. Lo primero que encontró fue una gran diversidad de nacionalidades y confesiones religiosas. Había católicos de tres ritos: romano, bizantino y armenio. Entre las distintas nacionalidades estaban polacos, ucranianos, alemanes, rusos, húngaros, rutenos y judíos.
Como ocurre también en nuestros días, existían tensiones y relaciones complejas entre los distintos grupos. Algunos se consideraban superiores a otros y los despreciaban. Pero Marta acudía al encuentro de toda persona necesitada, sin importar su origen social o étnico. Con su servicio derribó esas barreras humanas detrás de las cuales tan a menudo nos refugiamos.
Jesús mismo sale al encuentro del hombre que sufre, toca a los leprosos, busca a la oveja perdida y nos envía a enseñar a todas las naciones en su nombre. ¿Con qué podemos hacerlo? La Beata Marta nos lo muestra con su ejemplo: con el amor y la misericordia.
El amor misericordioso y activo no es solo el instrumento de Dios, sino también su lenguaje; un lenguaje que toda persona puede comprender. Porque amar significa ofrecer salvación. Con ese amor Dios amó al mundo, especialmente al ser humano, la más hermosa de sus criaturas.
Hoy podemos tener diversas actitudes ante la misericordia. Algunos podrían decir: «Basta con hacer lo que se puede». ¿Cómo ser misericordiosos en un mundo tan malo? Es cierto que nuestro mundo no es un paraíso. El pecado ha entrado en él por obra del hombre. ¿Y qué hace Dios frente a esto? Nos muestra su misericordia mediante su constante protección. Así nos enseña cómo vencer el mal: únicamente con el amor.
A menudo se dice que la justicia puede impedirnos ser misericordiosos y amorosos. Pero ¿qué entendemos por justicia? El papa Francisco, en la bula Misericordiae vultus, responde: «Ser justo significa dar a cada uno lo que le corresponde». Y a toda persona le corresponde, ante todo, el amor, porque ya ha sido redimida por él.
Gracias a la presencia de la misericordia en este mundo, cada uno de nosotros puede experimentar también la presencia de Dios. Nada habla al corazón humano, creyente o no creyente, como el amor y la misericordia. Y nosotros podemos ser colaboradores de la Misericordia Divina y, por tanto, colaboradores de Dios mismo. ¡Qué grandeza para el ser humano: ayudar a Dios!
Nuestra Beata fue precisamente una colaboradora de Dios, y esto se manifestó en toda su vida. Su deseo de hacer sentir a los demás cuán bueno es nuestro Dios era tan fuerte que, sin vacilar, ofreció su propia vida por otra persona.
Esto ocurrió en Sniatyn, durante el segundo año de su estancia allí. Cuando una paciente enferma de tifus exantemático fue dada de alta, surgió la necesidad de desinfectar la sala de aislamiento donde había permanecido internada.
Para realizar esta tarea fue designado un joven empleado del hospital. Era un trabajo extremadamente peligroso, pues existía el riesgo de contraer la enfermedad, y el hombre, que tenía una familia joven, estaba profundamente angustiado. Entonces Marta se acercó y se ofreció a realizar ella misma la tarea. El hombre aceptó. Marta la llevó a cabo, pero ya al día siguiente aparecieron los síntomas de la enfermedad.
Se había contagiado y, en muy poco tiempo, murió a los 30 años de edad, sacrificando su vida por el prójimo.
Incluso aquellos últimos días de lucha contra la enfermedad fueron una manifestación de su santidad. Bajo las ventanas del hospital se reunían personas pertenecientes a los diversos grupos sociales y religiosos ya mencionados. Cada uno rezaba como sabía, en su propia lengua y según su propio rito. Pero todos compartían un mismo deseo: el bien de aquella mujer de quien habían recibido exactamente eso mismo. Y ese amor logró reconciliar a personas tan diferentes.
Queridos hermanos:
De algún modo, hemos sido bendecidos por Dios con la presencia de la Beata Marta. Pero transmitamos también nosotros esa bendición a quienes la necesitan.
¿Es posible?
Marta nos responde con firmeza que sí.
Y no solo Marta, sino también nuestro amado Señor Dios, cuando nos dice:
«Sean santos, porque yo soy Santo».
«Sean misericordiosos, como su Padre celestial es misericordioso».
Amén.
