21 de agosto de 1729: La elevación a los altares del «Padre de los Pobres»

El 21 de agosto de hace casi tres siglos, Roma celebraba un acontecimiento esperado por toda la Cristiandad: la beatificación de Vicente de Paúl por el papa Benedicto XIII.

Detrás de aquel día de fiesta se esconden curiosidades y anécdotas que narran la grandeza de este gigante de la caridad.

Durante el reconocimiento canónico de las reliquias para el proceso de beatificación, las ampollas que contenían la sangre del Santo se encontraron en un estado de conservación extraordinario. Uno de los lienzos empapados con su sangre fue presentado como un valioso obsequio al papa Benedicto XIII, quien, conocido por su austeridad personal y su amor hacia los necesitados, lo recibió con emoción y dispuso que se expusiera en un precioso relicario.

El papa Benedicto XIII quiso acelerar decididamente las etapas de la beatificación. Veía en Vicente no a un gigante de la inteligencia ni a un gran político de la Iglesia, sino la encarnación pura del Evangelio: un hombre que había sido esclavo, deudor, preceptor y, finalmente, refugio para miles de olvidados.

Entre los milagros presentados para la beatificación no hubo acontecimientos espectaculares o extraordinarios, sino curaciones de personas humildes, como la célebre curación de sor Mathurine Guérin, Hija de la Caridad, testimonio de que la intercesión de Vicente seguía favoreciendo a quienes sufrían en el cuerpo y en el espíritu.

A 297 años de aquella solemne proclamación, el legado de san Vicente de Paúl no ha perdido ni un ápice de su fuerza: la verdadera santidad no reside en los grandes títulos, sino en la caridad concreta, cotidiana y sin reservas.

¡San Vicente de Paúl, ruega por nosotros y por todos los pobres del mundo!

Deja un comentario

Artículos relacionados