Nacido en la localidad burgalesa de Marmellar de Arriba, el P. Eleuterio Castillo, C.M., era un sacerdote de profunda vida interior y celo apostólico. En el seno de la Congregación de la Misión, los Misioneros Paúles, desempeñaba la importante labor de vicedirector de los novicios (seminario interno), acompañando y formando a las futuras generaciones de misioneros vicentinos.
Además, ejercía como capellán del convento de las religiosas Trinitarias.
Al desencadenarse los trágicos acontecimientos del verano de 1936, su primera preocupación no fue poner a salvo su propia vida, sino salvaguardar el Santísimo Sacramento de cualquier profanación.
Con presteza y valentía, logró trasladarse al convento de las Trinitarias para consumir las Sagradas Formas. Inmediatamente después de este acto de veneración eucarística, fue apresado junto a los 16 miembros de la comunidad vicentina de Hortaleza.
Gracias a las gestiones de un pariente, el P. Eleuterio pudo salir inicialmente de la cárcel. Sin embargo, continuó bajo una estrecha vigilancia.
Tiempo después, volvieron a arrestarlo, deteniendo también a su cuñado, Juan Alonso Hidalgo, miembro de la Guardia Civil.
En el Cuartel General donde residía su hermana, la condición sacerdotal del P. Eleuterio era sobradamente conocida. Apenas unos meses antes, en mayo de 1936, había administrado la Primera Comunión a dos de sus sobrinas y a un numeroso grupo de niñas en la vecina iglesia de las Salesas, en una emotiva ceremonia multitudinaria.
La semilla de fe sembrada en la familia daría frutos duraderos: una de aquellas sobrinas ingresaría posteriormente como Carmelita Descalza en el Monasterio de Loeches, en Madrid.
Tras ser denunciados por uno de los guardias del Cuartel General, la suerte terrenal del P. Eleuterio y de su cuñado quedó sellada.
En la madrugada del 3 de septiembre de 1936, ambos fueron conducidos a las inmediaciones del Cuartel General y ejecutados.
El P. Eleuterio Castillo estaba a tan solo unos días de cumplir los 33 años de edad. Entregó su vida perdonando y sellando con su sangre una existencia sacerdotal entregada a Dios, a la formación de sus hermanos y al amor a la Eucaristía.
Dios todopoderoso y eterno,
que concediste a los mártires la gracia de morir por Cristo,
ayúdanos en nuestra debilidad para que,
así como ellos no dudaron en morir por ti,
nosotros también permanezcamos firmes en la profesión de tu Santo Nombre.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.