Beatos Mártires en la Revolución Francesa

Durante la Revolución Francesa, la persecución religiosa llevó a numerosos sacerdotes y religiosos a vivir una profunda prueba de fidelidad. Entre ellos, varios misioneros de la Congregación de la Misión ofrecieron su vida como testimonio de fe, convirtiéndose en referentes de entrega, fortaleza y amor a la Iglesia.

Padre Luis José François (1751-1792)

Nació en Busigny (Francia) el 3 de febrero de 1751. De los ocho hermanos, Luis José y otros dos fueron admitidos en la Congregación de la Misión como candidatos al sacerdocio; una hermana se hizo Hija de la Caridad. A la edad de 16 años, fue recibido en el Seminario Interno. Emitió los Votos en 1769 y fue ordenado presbítero en 1773. Sus primeros años de ministerio los dedicó a la formación del clero. Más tarde, el Superior General lo solicitó para la Secretaría General de la Congregación, en París. Viviendo allí, el Padre Luis José era siempre invitado – dadas sus excelentes cualidades de predicador – a las grandes solemnidades de la capital. A petición de los obispos, también dirigió retiros para el clero. También dirigía las Conferencias de los Martes en San Lázaro, que eran muy populares entre los sacerdotes parisinos. Al morir el superior del Seminario de Saint-Firmin, antiguo Colegio de Bons-Enfants, de la época de San Vicente, François fue destinado aquel mismo oficio. En esa época, escribió varios panfletos y folletos contra la Revolución Francesa, en particular contra la obligación, impuesta a sacerdotes y obispos, de jurar fidelidad a la Constitución Civil del Clero. Movido por un acendrado amor a la Iglesia, luchó valientemente contra la confiscación de los bienes eclesiásticos, decretada por la Revolución. Por su valor y coherencia, fue considerado un auténtico defensor de la fe, llegando a ser muy odiado por los revolucionarios. Trabajó incansablemente hasta el momento de su detención, el 13 de agosto de 1792. El 3 de septiembre del mismo año, a las 5:30 de la mañana, las puertas del Seminario de San Firmin se abrieron repentinamente y con gran ruido. Muchos rebeldes entraron, comenzando la terrible ejecución de los habitantes. Dotado de inteligencia y coraje, el Padre Luis José François se reunió con representantes del gobierno para tratar de contener la furia de los revolucionarios en contra de tantos cristianos inocentes. Los gobernantes le propusieron escapar, huyendo con sus Cohermanos y los demás habitantes del Seminario. Sin embargo, el Padre François siguió insistiendo en su esfuerzo de diálogo, proponiendo firmemente el respeto a los principios que norteaban la conducta de los que no aceptaban adherirse a los propósitos de la Revolución. De repente, algunos de los verdugos irrumpieron en la habitación, lo agarraron y, a través de la ventana, lo arrojaron a la calle, donde mujeres enfurecidas, armadas con palos, machetes y cuchillos de cocina, acabaron con la vida del sabio y virtuoso Sacerdote de la Misión. 

 

Padre Juan Enrique Gruyer (1734-1792) 

Nació en Dôle (Francia) el 13 de junio de 1734. Siendo ya sacerdote, sediento de una entrega más generosa a la evangelización, quiso entrar en la Congregación fundada por San Vicente. Fue recibido en el Seminario Interno el 23 de enero de 1771 y al año siguiente fue enviado a Angers para una experiencia misionera. Con gran alegría, pronunció sus Votos el 24 de enero de 1773. Luego fue enviado como párroco a Versalles, donde pasó 18 años sirviendo al pueblo de Dios con celosa dedicación. Fue perseguido por los revolucionarios por su oposición a la Constitución Civil del Clero, viendo incluso su iglesia parroquial invadida por los revolucionarios. El 18 de junio del mismo año, tuvo que irse a París. Se dirigió, entonces, al Seminario de San Firmin y le pidió al Padre Luis José François que le hospedara. A partir del 13 de agosto, el ambiente del seminario se iba haciendo cada vez más tenso a causa de las continuas amenazas. En los días siguientes, al menos 96 nuevos prisioneros fueron llevados allí. Finalmente, el 3 de septiembre de 1792, el Padre Juan Enrique Gruyer, hombre de notable sensibilidad pastoral, fue masacrado con palos y barras de hierro, tras haber sido arrojado a la calle desde los pisos superiores del edificio, como muchos otros encarcelados en el seminario.

Padre Pedro Renato Rogue (1758-1796) 

Nació en Vannes (Francia) el 11 de junio de 1758. Ya como sacerdote, empezó a sentir el deseo de hacerse lazarista, pues quería trabajar en la formación del clero diocesano y en las misiones populares a favor de la gente pobre, olvidada sobre todo en las zonas rurales. Entró en la Congregación de la Misión el 25 de octubre de 1786. Después del Seminario Interno, fue enviado al seminario de Vannes. Estos años de trabajo como formador se vieron violentamente interrumpidos por la agitación de la Revolución Francesa, que se instaló persiguiendo e intentando suprimir la Iglesia Católica. Traicionado por alguien que se había beneficiado de los favores de su familia, el Padre Rogue, en presencia de su madre, recibió la noticia de su condena y, en 24 horas, fue decapitado en la guillotina el 3 de marzo de 1796. Pedro Renato Rogue es también el mártir de la Eucaristía, pues fue detenido por los revolucionarios precisamente mientras llevaba la Sagrada Comunión a un enfermo, movido por su desbordante caridad pastoral, que no le permitía temer a los peligros cuando se trataba de consolar y alentar a los que más necesitaban.

Padre Nicolas Colin (1730-1792) 

Nació en Grenant (Francia) el 12 de diciembre de 1730. Fue admitido en el Seminario de la Casa Madre en 1747. Tras la ordenación, su primer destino fue la parroquia de San Luis en Versalles, donde permanecería desde 1754 hasta 1770, cuando el obispo de Langres consiguió convencerle para que se hiciera cargo de la parroquia de Genevrières. Aunque dejó la vida comunitaria en aquellos tiempos conturbados, siempre se identificó como Padre de la Misión, como atestiguan las actas parroquiales y los documentos que firmó durante 21 años consecutivos, lo que hace pensar que nunca perdió sus vínculos con la Congregación. Su amor a la Iglesia le llevó a rechazar todo lo que parecía amenazar la unidad entre los discípulos de Cristo, la comunión de todos los fieles con sus pastores y la vivencia de la fe cristiana y sus valores constitutivos. La Revolución, sin embargo, no podía aceptar esas reservas, por lo que Colin fue expulsado de su parroquia y sustituido por un sacerdote que se había adherido a todas las imposiciones de la Constitución. Pastor solícito, no dejó de exhortar a sus feligreses a mantenerse firmes en la esperanza de días mejores. Para ello, Colin publicó, de forma anónima, un folleto con sus últimos consejos, cuyo contenido deja traslucir la tenacidad de su amor por Jesucristo, por la Iglesia y por sus feligreses, así como la rectitud de su carácter, su sentido de justicia y su insistencia en el respeto a la libertad de la persona humana: «Sería absolutamente absurdo atribuir a otro impulso que a la irresistible autoridad de mi conciencia la inflexibilidad que me expone a las más duras pruebas, que no me asegura, por el precio de mi fidelidad a la fe, más que el hambre, el exilio, la cárcel e incluso la muerte». En noviembre de 1791, el intrépido sacerdote abandonó Genevrières para dirigirse a París, donde volvió al seno de la Comunidad y comenzó a vivir con sus Cohermanos que trabajaban en el Seminario de San Firmin. Ya asociado a los Padres Francisco y Gruyer en el carisma y la misión, Colin se asoció también con ellos en el ofrecimiento de su vida, coronada con el martirio el 3 de septiembre de 1792.

Padre Jean-Charles Caron (1730-1792) 

 Nació el 30 de diciembre de 1730, en Auchel (Francia). Él y tres de sus hermanos llegaron al sacerdocio, dos de ellos en la Congregación de la Misión. Jean-Charles fue recibido entre los hijos de San Vicente el 9 de octubre de 1750. Pronunció sus Votos en 1752. Tras su ordenación, se trasladó a la parroquia de San Luis de Versalles. En 1770, el Padre Caron dejó la parroquia y la Congregación de la Misión, por razones aún desconocidas. Recibió un nombramiento para trabajar en la parroquia de Saint Étienne, donde permaneció hasta 1781. A continuación, asumió otro oficio pastoral, de esta vez en París. En 1791, con algunas reservas, presta el juramento exigido por la Revolución. Por su actitud reticente ante las exigencias de la Constitución Civil del Clero, el Padre Caron fue declarado refractario, por lo que, el 31 de julio, perdió el cargo que había recibido de los revolucionarios. Tras una breve pausa, pide refugio al Padre Luis José François en el Seminario de San Firmin y se reincorpora a la comunidad vicentina. Perseguido y detenido, no se rindió. El 3 de septiembre de 1792, unidos por los lazos de la fe y de la vocación, Caron y sus compañeros recibieron la palma del martirio. 

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En la tradición cristiana y, por consiguiente, en la perspectiva vicenciana, el martirio se presenta como la máxima expresión de una existencia libre y visceralmente identificada con la persona y la misión de Jesucristo, dentro de las más variadas circunstancias. Lo dijo San Vicente, hablando a sus Misioneros: 

“¿Puede haber algo más razonable que dar nuestra vida por Aquél que entregó tan libremente la suya por todos nosotros? Si nuestro Señor nos ama hasta el punto de morir por nosotros ¿por qué no vamos a desear tener esa misma disposición por él, para morir efectivamente si se presenta la ocasión?” (SV XI-3, 259).

Tal fue también la experiencia de los Misioneros que, en medio de las persecuciones que les impuso la Revolución Francesa, entregaron sus vidas por amor a la fe que profesaban, que les comunicaba vigor apostólico y que les abría el horizonte infinito de la vida plenificada por el eterno amor del Señor. 

Vinícius Teixeira, CM

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