San Vicente de Paúl conocía profundamente la realidad de su tiempo y solía advertir con una máxima inquebrantable: «Como son los pastores, así son también los pueblos» (Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl, Luis Abelly). El Fundador señalaba con inmenso dolor que el abandono del pueblo se debía en gran medida a la falta de preparación de sus ministros, asegurando que «la Iglesia se está arruinando en muchos lugares por la mala vida de los sacerdotes» (Vida de San Vicente de Paúl, Pedro Collet). Para él, si los misioneros y sacerdotes cumplen con su deber, todo irá bien; pero, por el contrario, si no lo hacen, serán la causa de todos los desórdenes.
Para entender esta altísima exigencia, basta recordar una conmovedora anécdota de los inicios de su propio ministerio. La reverencia que San Vicente sentía por el sacerdocio era tan inmensa que, tras ser ordenado, se sintió tan asustado por la grandeza y la majestad de una acción tan divina que no tuvo valor para celebrar su primera Misa en público. Para oficiar el santo sacrificio con menor turbación y mayor recogimiento, escogió aislarse en una pequeña capilla rústica dedicada a la Virgen, situada en lo alto de un monte y escondida entre los bosques (Vida de San Vicente de Paúl, Pedro Collet).
El Santo Cura de Ars es la demostración histórica de esta convicción vicentina sobre la grandeza sacerdotal. Llegó a una parroquia rural con un rebaño indiferente y, a través de su constancia, oración y entrega absoluta, transformó radicalmente su comunidad. El cambio en las almas y en las costumbres fue tan abrumador que en los alrededores pronto comenzó a resonar un grito de asombro: «¡Ars ya no es Ars!» (El Cura de Ars, Francis Trochu).
Esta capacidad de transformación es precisamente la que San Vicente admiraba y esperaba del ministerio pastoral. Maravillado por la eficacia de un ministerio fiel, el Fundador exclamaba: «¡Oh, qué gran cosa es un buen Sacerdote! ¿Qué no puede hacer? Pero ¿qué no hace con la gracia de Dios?» (Vida de San Vicente de Paúl, Pedro Collet). Un buen sacerdote instruye y edifica a las almas con aquella elocuencia viva y ardiente que los santos saben sacar de la inagotable fuente del Corazón de Jesús, sin necesidad de retóricas vacías (Sermones escogidos, Santo Cura de Ars).
Tanto comprendió San Vicente que la evangelización sería estéril a largo plazo sin pastores que la mantuvieran viva, que junto a sus compañeros se dio cuenta de que los frutos de las misiones no podían conservarse en los pueblos sin cuidar a la vez de la formación de los sacerdotes. Por ello, los retiros para ordenandos y la dirección de seminarios se convirtieron en la obra más elevada e importante para el progreso de la Iglesia (Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl, Luis Abelly).
Hoy, la Congregación de la Misión mantiene más vivo que nunca este compromiso histórico, asumiendo como parte de sus finalidades actuales: «Ofrecemos formación continua a los sacerdotes para prepararlos a enfrentar los desafíos modernos y responder mejor a las necesidades espirituales de sus comunidades» (Portal de la Congregación de la Misión).
En esta festividad del Santo Cura de Ars, pidamos a Dios por todos los sacerdotes, misioneros y seminaristas. Que el Señor nos conceda el regalo de pastores verdaderamente revestidos del espíritu de Cristo, para que, guiando a sus comunidades con mansedumbre, caridad y entrega, sigan haciendo efectivo el Evangelio en medio de los más pobres.