Con el inicio de septiembre, un mes profundamente significativo para la Familia Vicentina, iniciamos un ciclo de formación dedicado a nuestro pilar fundamental: La Consagración Vicentina.
Este tiempo nos invita a contemplar el testimonio de los Beatos Mártires Vicentinos de la Revolución Francesa (Luis José François, Juan Enrique Gruyer y Pedro Renato Rogue), quienes permanecieron fieles a su consagración sacerdotal y misionera, sellando su entrega de amor con su propia sangre antes que traicionar su compromiso evangélico. Su ejemplo es la mayor prueba de que consagrarse es un acto radical de amor que nos sostiene en las dificultades.
La consagración vicentina no es una teoría abstracta, sino un camino dinámico de seguimiento a Jesucristo como evangelizador de los pobres. San Vicente de Paúl insistía fervientemente en la necesidad de «revestirse» de este espíritu:
“¡Qué importante es revestirnos del Espíritu de Jesucristo! Esto significa que, para crecer en santidad, para ser útiles en la ayuda a los hombres y para servir bien al clero, hemos de esforzarnos por imitar la perfección de Jesucristo y por alcanzarla” (San Vicente de Paúl, Obras Completas, t. XI, p. 395).
Consagrarse es una llamada a la acción profética, sinodal y misionera en el mundo actual. No se reduce únicamente a las prácticas externas, sino a la calidad espiritual con la que servimos:
“No está todo en atender al prójimo, en ayunar, en hacer oración, en trabajar en las misiones… Además hay que hacer bien esas cosas, a saber, en el espíritu de Nuestro Señor, de la forma que Nuestro Señor las hacía, humildemente y con pureza de intención” (San Vicente de Paúl, Obras Completas, t. XI, p. 190).
La Consagración Vicentina se nutre de tres pilares prácticos y teológicos que dan sustento a nuestra vida diaria:
En este cambio de época histórico, de cara a la XLIV Asamblea General de 2028 («La Pequeña Compañía en este cambio de época: ¿qué debemos ser y hacer?»), la respuesta vicentina pasa por revitalizar la identidad de la Congregación para seguir respondiendo a las necesidades de las comunidades.
El Superior General de la Congregación de la Misión, el Padre Tomaž Mavrič, CM, nos invita a vivir nuestra consagración como una renovación cotidiana:
“Que todos los días sean, para cada uno de nosotros, un tiempo de conversión, de renovación, de retorno con entusiasmo a Jesucristo, nuestro “Primer Amor”, para que, siguiendo las inspiraciones de san Vicente de Paúl, podamos obtener la gracia de convertirnos en “Místicos de la Caridad” en el siglo XXI y más allá” (Carta del P. Tomaž Mavrič, CM, a la Familia Vicenciana).
La Consagración Vicentina no es exclusiva de los sacerdotes; el bautismo nos consagra a todos para ser discípulos del amor de Dios en medio del mundo: