En la fiesta del Corpus Christi: Compartir el pan para multiplicar la esperanza

La solemnidad del Corpus Christi (Cuerpo de Cristo) es una fiesta de la Iglesia Católica destinada a celebrar la Eucaristía, con la principal finalidad de proclamar la fe de los creyentes en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

Sus orígenes se remontan al siglo XIII, cuando santa Juliana de Cornillon promovió la idea de dedicar una festividad para honrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, celebrándose por primera vez en Lieja (Bélgica) en 1246. Esta fiesta se hizo universal en 1264 cuando el papa Urbano IV la instituyó oficialmente, encargándole a santo Tomás de Aquino la composición de inmortales himnos para la liturgia, como el Pange Lingua, el Lauda Sion y el Panis angelicus (Bula «Transiturus de hoc mundo», Papa Urbano IV, 1264).

En la espiritualidad de la Familia Vicenciana, este misterio eucarístico tiene un arraigo fundamental. San Vicente de Paúl comprendió la Eucaristía como el mayor ejemplo de que el amor divino es «infinitamente inventivo» (Exhortación a un hermano moribundo, 1647; Obras Completas, XI, 65-66). Para no dejarnos solos y evitar que nuestros corazones se enfriaran, Jesús instituyó este augusto sacramento rebajándose para ser nuestro alimento y lograr una unión espiritual perfecta y continua con nosotros (Exhortación a un hermano moribundo, 1647; Obras Completas, XI, 65-66).

Sin embargo, para los vicentinos acercarse al altar es solo el punto de partida ineludible para salir al encuentro del pobre. No se puede comulgar y recibir al Cristo de la Eucaristía si se rechaza al Cristo de los pobres, pues la fe nos dice que Él habita en ambos. Como recuerda la propia tradición de la Congregación, «quien no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4, 20).

La celebración eucarística nos exige levantarnos de la mesa para hacernos nosotros mismos «cuerpo de Cristo» al servicio de los marginados. San Vicente enseñaba que el verdadero fruto de la comunión se verifica en la caridad activa:

«¡Oh! ¡qué buena observación, la de que la persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien! […] servirá a los enfermos con la caridad de Jesucristo; tendrá en su conversación la mansedumbre de Jesucristo; tendrá en sus contradicciones la paciencia de Jesucristo; tendrá la obediencia de Jesucristo. En una palabra, hijas mías, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura; serán acciones de Jesucristo» (Conferencia a las Hijas de la Caridad, 18 de agosto de 1647; Obras Completas, ES IX, 309).

Esta llamada a hacer de la Eucaristía un motor para la justicia y la caridad resuena de forma apremiante con el mensaje del Papa León XIV. En su homilía para la solemnidad del Corpus Christi, pronunciada el 22 de junio de 2025 en la Plaza de San Juan de Letrán, el Santo Padre nos recordó que Jesús siempre responde a la indigencia con el signo del compartir. Al reflexionar sobre la realidad actual, el Papa lanzó un fuerte cuestionamiento social:

«Hoy, en lugar de las multitudes que aparecen en el Evangelio, hay pueblos enteros, humillados por la codicia ajena aún más que por el hambre misma. Ante la miseria de muchos, la acumulación de unos pocos es signo de una soberbia indiferente, que produce dolor e injusticia» (Homilía del Santo Padre León XIV en la solemnidad del Corpus Christi, 22 de junio de 2025).

Frente a la opulencia que desperdicia los frutos de la tierra, el Santo Padre nos marca el camino para que nuestra vivencia eucarística sea auténtica: «Especialmente en este año jubilar, el ejemplo del Señor sigue siendo para nosotros un criterio urgente de acción y servicio: compartir el pan, para multiplicar la esperanza, proclama la venida del Reino de Dios» (Homilía del Santo Padre León XIV en la solemnidad del Corpus Christi, 22 de junio de 2025).

Que en esta fiesta del Corpus Christi renovemos nuestra vocación de servicio. Fortalecidos por el alimento que Dios nos da, hagamos el propósito de llevar esa cercanía y esperanza a las periferias, demostrando con nuestras acciones que nuestra fe pasa, de manera viva y real, de la Mesa del Altar a la Mesa de los Pobres.



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