La fiesta del Bautismo de Jesús es como un umbral: cierra el tiempo de Navidad y, al mismo tiempo, abre el camino ordinario del seguimiento, allí donde la fe se convierte en vida vivida. La liturgia sitúa esta memoria en el domingo siguiente a la Epifanía (según la estructura establecida con la reforma de 1969) y nos recuerda que, con ella, concluye el tiempo navideño, aunque dejando entrever una «ventana» que conduce hasta la Presentación del Señor, el 2 de febrero.
Para nosotros, vicentinos, este umbral es particularmente elocuente: Jesús comienza su vida pública no con un gesto de poder, sino con un acto de humildad; no se separa, sino que se pone al lado; no se distancia, sino que elige compartir hasta el fondo la condición de la humanidad herida.
El Evangelio nos muestra a Jesús que «desde Galilea fue al Jordán, a Juan, para ser bautizado». El Bautista se sorprende, casi se escandaliza: siente que el orden de las cosas debería ser al revés. Pero precisamente aquí se manifiesta la lógica de Dios: Jesús no se presenta como un maestro que juzga desde arriba; al contrario, se une a la fila de los que esperan, de los que buscan, de los que piden la conversión.
Jesús aún no predica, no «se declara», sino que se pone al lado, solidario con el pueblo pecador; no se aísla, se compromete, como ya se había «comprometido» en la Encarnación. Es una imagen que toca el corazón de nuestra espiritualidad: el Señor inaugura la misión estando cerca, compartiendo, cargando sobre sí la historia de los hombres.
Esta elección es también el cumplimiento de la Escritura: Mateo presenta a Jesús como un «judío devoto» que observa la Ley y, precisamente así, revela el rostro del Mesías según Dios, no según las expectativas mundanas.
La respuesta de Jesús al Bautista es esencial: «Déjalo por ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia». No es una frase circunstancial: es la entrega de toda una vida.
La «justicia» se entiende en el contexto del judaísmo como fidelidad concreta a la voluntad de Dios: no un legalismo frío, sino la adhesión plena a lo que el Padre está obrando en la historia. En otras palabras, Jesús inaugura la misión diciendo: la salvación comienza cuando dejamos de querer «corregir» a Dios y aprendemos a confiar en su designio.
Llega un momento en el que es decisivo «dejar hacer», porque lo que parece debilidad forma parte del plan de Dios, una justicia que no humilla ni separa, sino que une y derriba barreras.
En el Jordán ocurre algo que la Iglesia contempla como revelación: «se abrieron los cielos… vio al Espíritu de Dios descender como una paloma… y una voz del cielo». Es la manifestación del Dios Uno y Trino: el Hijo en el agua, el Espíritu que desciende, el Padre que declara su complacencia.
En la iconografía del Bautismo a menudo es evidente el poder de la «primera Epifanía trinitaria»: la fe de la Iglesia reconoce aquí el luminoso comienzo del Evangelio, porque el rostro de Dios se deja entrever en la mansedumbre del Hijo.
Y la voz del Padre no es solo un título: es una promesa. «Este es mi Hijo, el predilecto, en quien me complazco». Si esta palabra descansa sobre Cristo, entonces en Cristo también nos alcanza a nosotros: el Bautismo no es un rito entre otros, sino una nueva pertenencia, una dignidad recibida, una vocación confiada.
La liturgia acompaña al Evangelio con el canto del Siervo: «He aquí mi siervo… he puesto mi espíritu sobre él… no quebrará una caña quebrada». Es un retrato que ilumina el Jordán: Jesús es el Hijo amado precisamente porque es el Siervo; no el «Mesías real» según las proyecciones humanas, sino el Mesías que salva sirviendo.
Y el Siervo, en Isaías, es enviado «como alianza del pueblo y luz de las naciones», para abrir los ojos a los ciegos y liberar a los que habitan en las tinieblas. Aquí la fiesta se convierte inmediatamente en misionera: el Bautismo de Jesús no es un episodio aislado, sino la forma de su ministerio. Una forma que es liberación, consuelo, curación, esperanza concreta.
En los Hechos de los Apóstoles, Pedro resume así la vida pública de Jesús: «Dios consagró en Espíritu Santo y poder a Jesús de Nazaret… que pasó haciendo el bien y sanando». La «consagración» en el Espíritu, manifestada en el Jordán, se traduce en un estilo: hacer el bien, sanar, devolver la vida.
Es aquí donde la fiesta se encuentra directamente con nuestro carisma. Las Reglas Comunes recuerdan que Cristo «comenzó a hacer y a enseñar» y que la Congregación aspira a imitarlo «evangelizando a los pobres». Y la historia de San Vicente lo confirma: su misión madura cuando descubre, con realismo evangélico, la urgencia de «llevar el Evangelio a la gente pobre del campo».
El Bautismo del Señor se convierte entonces para nosotros en un examen de conciencia comunitario: ¿está nuestra vida realmente «consagrada en el Espíritu Santo y en el poder» para los pobres? ¿Nuestra forma de estar entre la gente se parece a la de Cristo, que no se separa, sino que se pone al lado?
La «cristianización» del bautismo se presenta con una imagen fuerte: en la acción sacramental, el agua se convierte en signo de Cristo resucitado, y el bautizado elige a Cristo como referencia concreta para «la vida de todos los días» .
Esto afecta a dos ámbitos muy prácticos:
En esta perspectiva, el Bautismo del Señor no es solo un recuerdo: es una invitación a volver a la fuente, a verificar si nuestra «justicia» es la del Evangelio, y a dejar que el Espíritu realinee nuestros deseos, prioridades y elecciones comunitarias.
En la oración personal y comunitaria, podemos pedir una gracia esencial: retomar el estilo del Jordán. Estar cerca, sin superioridad. Servir, sin ruido. Llevar la luz, sin romper la caña quebrada.
Y, como gesto concreto, podemos renovar interiormente nuestra identidad de bautizados con una pregunta que ya es misión: Señor, ¿dónde me pides que «me ponga en fila» hoy, para que tu amor llegue a los más heridos, a los más pobres, a los más olvidados?