Después de seis horas de escalar empinadas crestas, nuestra pequeña caravana de caballos y jóvenes indígenas ngäbe finalmente alcanzó la cima de la colina, llevando todo lo necesario para los días que teníamos por delante. Pero la bienvenida habitual en este pueblo —los caóticos y alegres gritos de los niños— estaba notablemente ausente. En su lugar, nos recibió un silencio pesado y sofocante. Mientras nos acercábamos a la sencilla capilla hecha de tablones de madera, Bechi, una joven mujer ngäbe, rompió la confusión con un susurro que penetró más profundamente que el cansancio del camino: “Los bebés están muriendo.”
Un virus estaba arrasando el pueblo, robando primero el aliento de los recién nacidos. Mientras algunas familias ya habían comenzado el desesperado descenso hacia un lejano centro de salud, otras permanecían reunidas alrededor de los enfermos. Bebían cacao tradicional, y sus oraciones eran una súplica rítmica para que la luz atravesara la sombra de la “tumba”. Nuestro itinerario previsto —catequesis de verano y reuniones para nuestro programa agrícola— se desvaneció al instante. Durante los días siguientes, fuimos de casa en casa, rezando, compartiendo cacao y permaneciendo en ese silencio sagrado y pesado donde las palabras humanas resultan apenas una intrusión.
Experiencias como estas nos obligan a darnos cuenta de que la revitalización de nuestra vocación vicentina no comienza en el silencio recogido de un santuario ni en la eficiencia climatizada de una oficina. Comienza donde Cristo nos está esperando: en la realidad áspera, y a menudo incómoda, de las periferias. Aunque con frecuencia hablamos de “visitar” o “servir” a los pobres, la verdadera revitalización exige inmersión. Esto no es una “estrategia ministerial” ni una línea en un currículum; es una necesidad teológica. Es la tierra santa donde el Evangelio abstracto se convierte en un prójimo vivo y palpitante.
San Vicente nos enseñó a “dar vuelta a la medalla”. Si miramos a los marginados a través de los ojos de la sociedad —o a través del parabrisas de un automóvil mientras pasamos— vemos únicamente “problemas” que resolver o miserias que administrar. Pero cuando bajamos y caminamos por esas mismas calles, la medalla se da vuelta. Este colapso de la distancia es el único remedio para el “complejo de salvador” que a veces podemos albergar. Aprendemos que no llevamos a Dios a los pobres; vamos hacia los pobres para encontrar al Dios que ya está allí, trabajando, sufriendo y esperando. En ese espacio dejamos de ser “benefactores” para convertirnos en hermanos y hermanas, dándonos cuenta de que la luz muchas veces brilla con más intensidad en una choza sin ventanas que en nuestras propias casas comunitarias fortificadas.
Por consiguiente, debemos tener cuidado de no “profesionalizar” nuestro carisma hasta extinguirlo. Cuando nuestro trabajo se convierte en una montaña de papeleo y logística, corremos el riesgo de tratar a un ser humano como si fuera un “expediente”. La inmersión profunda nos obliga a salir de la seguridad de nuestros muros definidos y a entrar en la vulnerabilidad del encuentro. Nuestro cuidado pastoral, nuestra caridad organizada y nuestra defensa de la justicia deben brotar de una cercanía constante —a veces como aquellos pocos que subieron hasta el pie de la Cruz, incapaces de resolver la situación, pero firmes en su fe. Este es el “sacramento de la taza de café” compartida bajo un techo que gotea. En esos momentos de escucha paciente, nuestro fuego original se reaviva y recordamos que estamos llamados no solo a aliviar la pobreza, sino a contemplar con asombro una dignidad humana que ninguna injusticia sistémica puede aplastar.
Esta “misión inversa” nos enseña cuán poco sabemos realmente. Los pobres se convierten en nuestro amo y señor, nuestros maestros y guías, ofreciéndonos una “teología de la confianza” y una dependencia radical de la Providencia que nosotros, en nuestras vidas seguras, a menudo olvidamos. Cuando somos testigos de una madre que reza con absoluta convicción por el frágil niño en sus brazos, nuestra propia fe se despoja de toda pretensión intelectual y vuelve a sus raíces evangélicas.
Vivir “con” los pobres es estar al pie de la Cruz. Tal vez evitamos esto porque tememos el “olor de las ovejas”, la impotencia o el dolor. Sin embargo, es precisamente en esta “tumba” del sufrimiento humano donde la Resurrección puede hacerse más palpable. Cuando nos comprometemos a permanecer presentes en los espacios oscuros, somos testigos de lo milagroso: la dignidad recuperada, la comunidad que se forma en un comedor popular y una alegría que persiste contra toda esperanza.
Hoy hay muchas “Bechi” que nos susurran: “Los bebés están muriendo.” Esto no es una invitación a la lástima ni un llamado a ser héroes. Es una invitación a un verdadero encuentro: a soltar nuestras seguridades y entregarnos a los demás de maneras vulnerables e impredecibles. Al elegir salir de nuestras zonas de comodidad, permitimos que nosotros mismos seamos “quebrados y abiertos”. Este movimiento intencional del centro hacia las periferias, y de la cabeza al corazón, es el manantial perpetuo que impide que nuestro carisma se convierta en una pieza de museo. Ser vicentino es ser una persona del encuentro, y es únicamente en el mundo de los marginados donde verdaderamente encontramos al Cristo que hemos prometido seguir.