A veces Dios confía nuestra fidelidad a una voz discreta: alguien que no nos sustituye, pero nos ayuda a ver con claridad.
Para San Vicente, esa presencia tenía un nombre: André Duval.
El 25 de enero, en la fiesta de la conversión de san Pablo, celebramos los 409 años de la intuición que nació en Folleville.
En el silencio de una confesión, Vicente de Paúl se encontró con el Resucitado: ahí comienza nuestra «aventura» misionera.
Hoy, en las diferentes culturas, el carisma nos pide comunidades que sean refugio y fraternidad «de amigos queridos», capaces de generar vocaciones.
Cuando se leen las cartas de San Vicente y los relatos de su vida, tarde o temprano se encuentra esa frase que parece resumir toda su experiencia: algunas jóvenes, hablando con él, dicen haberse «entregado a Dios en la persona de los pobres».
Cuando pensamos en San Vicente de Paúl y en los pobres, nos vienen a la mente los campesinos de las campiñas francesas o los mendigos de París. Pero si nos adentramos en sus cartas y documentos, el panorama se amplía: aparecen leprosos, ciegos pobres, presos de galeras, reclusos, chicas «desordenadas», mujeres heridas en el alma.
Es el mundo de aquellos a quienes hoy llamaríamos «descartados»: personas a las que la sociedad prefiere no ver.
Para celebrar la Jornada Mundial de los Pobres y su jubileo, la Congregación de la Misión organizó la comida del Santo Padre en el Vaticano con personas en situación de pobreza.
El nuevo Leccionario Vicenciano da voz a la Palabra de Dios en la liturgia de la Familia Vicenciana.
Un volumen independiente, editado por el P. Giorgio Bontempi C.M., que renueva los textos, la estructura y las lecturas propias de San Vicente, Santa Luisa y la Medalla Milagrosa.
Un signo visible de la Palabra que ilumina la misión y la caridad.