Inmaculada Virgen María

El 8 de diciembre contemplamos a la Inmaculada: en María, el amor de Dios vence todo pecado y abre a la esperanza. Del camino litúrgico de la fiesta emerge el rostro de una mujer pobre y humilde, elegida para habitar entre los últimos. En el corazón del Adviento, dejémonos guiar por María, que escucha la Palabra, la medita y la vive en el silencio de la vida cotidiana.

La festividad del 8 de diciembre no es una de las más antiguas fiestas marianas que nos ha legado la historia de la liturgia: de hecho, surgió en Oriente solo alrededor del siglo VIII y con otro nombre: Fiesta de la Concepción de Santa Ana, y se fijó el 9 de diciembre en dependencia del 8 de septiembre, día en que se conmemora el nacimiento de la Virgen María. Ahora bien, esta fiesta oriental, como indica su título primitivo, no tenía como objeto la exención de María del pecado original, algo que para nosotros es obvio y natural en Occidente, sino el hecho prodigioso narrado por los evangelios apócrifos, según los cuales Joaquín y Ana, estériles y ya ancianos, tuvieron, tras el anuncio de un ángel, a la Virgen María como hija anhelada.
En Occidente, esta festividad, adelantada un día al 8 de diciembre, se difundió aún más tarde, después del siglo XI, y además con algunas dificultades y resistencias. Hubo que esperar hasta el 1 de marzo de 1476 para que un papa, Sixto IV, aprobara por primera vez esta festividad mariana, mientras que el 8 de diciembre de 1661 el papa Alejandro VII, con una bula, declaró, aunque sin definición dogmática, que el objeto de dicha festividad era la preservación de María del pecado original desde el primer instante de su concepción. Finalmente, en 1854, el beato papa Pío IX definió esta verdad como dogma de fe, y la fiesta, ya muy sentida también en la piedad popular, fue elevada de grado litúrgico: se convirtió en solemnidad y se computó entre los días de precepto.
Celebrar esta solemnidad significa celebrar el amor de Dios, que es más fuerte y que nada ni nadie puede perturbar.
María es el signo de la Iglesia y de todo cristiano que escucha la palabra de Dios, la medita en su corazón y la pone en práctica. Ella es el modelo de aquellos que Jesús consideró sus verdaderos parientes: porque observan la voluntad del Padre, es decir, aquello por lo que él se encarnó.
De hecho, Jesús se encarnó para dar a conocer a las personas que Dios es padre de todos, no solo del pueblo judío, sino de todos los hombres a los que ama gratuitamente como hijos. María es también el ejemplo de que el Padre llama a todos y no mira el rango, la fama, el linaje, sino que prefiere a los humildes, a los pequeños, a los que no gozan de buena fama: María, hija de una pareja cualquiera, que vivía en la malfamada región de Galilea, en el peor pueblo: Nazaret, prometida al carpintero del pueblo… ¡vaya fama! Así lo hizo Jesús: quiso nacer y vivir con esta pareja en Nazaret… rodearse de personas poco estimadas: pastores, pescadores, publicanos, etc., para cumplir la voluntad del Padre, y María nos recuerda todo esto. ¿Y nosotros? ¿Somos buscadores de fama, o estamos entre aquellos que escuchan la Palabra, la meditan y la ponen en práctica como María en el silencio de la vida cotidiana?

Feliz Adviento.
P. Giorgio Bontempi C.M.

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