Ján Havlík – Como en misión

Ján Havlík, beatificado el 31 de agosto en Šaštin, Eslovaquia, el siervo de Dios Ján Havlík, seminarista de la Congregación de la Misión, reconocido mártir de la fe.

Ján Havlík —Janko, como lo llamaban sus amigos— fue un hombre fiel y perseverante hasta el final. Ante todo, fidelidad a Cristo y al sí a la vocación sacerdotal y lazarista; fidelidad en el abandono confiado a la voluntad de Dios; fidelidad inquebrantable a la Iglesia y al Santo Padre; fidelidad en el anuncio del Evangelio, en el apostolado y en la caridad; fidelidad en el trabajo; fidelidad en acoger y aceptar el sufrimiento; fidelidad a los compañeros en la justicia y la verdad; fidelidad en el perdón.

Janko nace el 12 de febrero de 1928 en el pueblo de Vlčkovany (ahora Dubovce), primogénito de cuatro hijos. La familia vive en condiciones de extrema pobreza y, desde niño, se enfrenta a sacrificios para poder asistir a la escuela. En 1943, a los quince años, madura su elección vocacional: desea ser sacerdote y misionero lazarista, para anunciar el amor de Dios a los pobres. Se traslada a Banská Bystrica, en el corazón de Eslovaquia, para asistir a la Escuela Apostólica (el equivalente a un seminario menor) de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl. En 1948, el golpe de Estado comunista complicó la situación, no solo para la formación de Janko, sino también para la Iglesia católica en Eslovaquia, a la que el nuevo régimen consideraba enemiga del pueblo.

En 1949, el régimen comunista intensificó sus esfuerzos por desmantelar las Iglesias cristianas en Checoslovaquia, centrándose en la Iglesia católica, considerada reaccionaria y sometida a las potencias capitalistas debido a su fidelidad al Vaticano. En 1950, tras el fracaso del intento de crear una Iglesia estatal, el régimen planea eliminar las órdenes religiosas masculinas y femeninas del país. Los vicentinos son golpeados en la noche del 3 al 4 de mayo de 1950: el novicio Ján Havlík, junto con sus compañeros, sufre la deportación, la reeducación comunista y los trabajos forzados.

Tres meses después, pensando que la «reeducación» había dado sus frutos, el régimen los envió a todos a casa. Pero Janko se mantuvo firme en su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. A pesar del peligro, junto con algunos hermanos, asistió a un seminario clandestino, decidido a convertirse en sacerdote. Las clases se impartían por la noche, para mantener una apariencia de normalidad trabajando durante el día. Sin embargo, el 28 de octubre de 1951, la policía secreta irrumpe y detiene a todos los presentes, que permanecen prisioneros durante quince meses, caracterizados por la violencia y la tortura, antes del juicio que se celebra entre el 3 y el 5 de febrero de 1953. La acusación es de «alta traición con el objetivo de derrocar nuestro sistema de democracia popular». La sentencia fue muy severa: Ján Havlík fue condenado a catorce años de prisión, que luego se redujeron a diez. Fue etiquetado como MUkL (muž určený k likvidácii, hombre destinado a la eliminación). Firme en su abandono a la voluntad de Dios, le dice a su madre: «Hemos querido ofrecer a Dios el sacrificio más santo y ahora le entregamos nuestras vidas en la patena del amor».

Janko es enviado a los campos de trabajo, obligado a extraer uranio sin protección. A pesar de todas las vejaciones, incluso en los momentos más oscuros, se mantiene fiel a su misión y se dedica incansablemente a ayudar a sus compañeros, tanto en lo material como en lo espiritual. Su rasgo característico es la sonrisa, que no abandona su rostro ni siquiera durante el cautiverio. «Con su sonrisa irradiaba paz y esperanza», testifica un compañero de prisión.

Fiel al llamado del Señor, incluso en prisión profesa los valores cristianos y no oculta su vocación. Esta convicción lo convierte en un blanco. Es golpeado, encerrado en aislamiento durante meses, obligado a realizar los trabajos más duros (que, como subrayan los propios carceleros, siempre realiza con precisión y de la mejor manera posible, incluso cuando ya no le quedan fuerzas físicas), interrogado brutalmente a cualquier hora del día y de la noche. Sus amigos, al verlo sufrir, le aconsejan que sea menos rígido en su compromiso misionero, pero para él no hay concesiones cuando se trata de ser fiel al compromiso de anunciar el amor de Dios y ayudar a los hermanos.

Debido a esta perseverancia, es acusado además de delitos contra el Estado y en 1959 es condenado a otro año de prisión: su actividad misionera se considera incompatible con la «libertad religiosa» proclamada por la Constitución checoslovaca.

El último período de prisión es el más difícil. Especialmente en 1958, como recuerda en sus memorias, las torturas, tanto físicas como psicológicas, ponen a prueba su fe inquebrantable. Janko atraviesa una experiencia de profundo desorientación espiritual de la que logra salir con total fidelidad a la voluntad de Dios, comprometiéndose a vivir «como oración cada movimiento, acto, suspiro o respiración».

Ingresó en prisión a los 23 años y fue liberado el 23 de octubre de 1962, cuando tenía 34. Su estado de salud se vio comprometido y debilitado por once años de sufrimientos físicos y psíquicos, pero en la Comunicación de liberación las autoridades señalaron que «no se puede afirmar que la pena haya alcanzado su objetivo de reeducación». El tiempo, los sufrimientos, las humillaciones y la persecución no lograron debilitar su fe.

Pasa los últimos tres años de su vida en casa de su madre, dedicando las pocas fuerzas que le quedan al apostolado, acompañando a los niños de la primera comunión, visitando a los enfermos, traduciendo textos religiosos y escribiendo el Vía Crucis de las almas pequeñas, en el que imagina a un niño que acompaña a Cristo al Gólgota. Ninguna queja por los sufrimientos incesantes, por el dolor que nunca le abandona, ninguna palabra de acusación contra sus perseguidores. «Sabía distinguir entre la ideología en sí misma y los portadores de la ideología», escribe un compañero de prisión. Rechaza la ideología, pero acoge a todos, incluso a sus carceleros.

Janko falleció el día de su onomástica, el 27 de diciembre de 1965, fiesta de San Juan Evangelista, a los 37 años, seminarista de la Misión que ofreció el sacrificio de su vida.

Ján Havlík encarna plenamente lo que el Papa Francisco escribió en Evangelii gaudium: «Yo soy una misión en esta tierra, y por eso estoy en este mundo». Fue un discípulo misionero allí donde fue enviado. En la oscuridad de los pozos y túneles de la mina participaba en misas clandestinas, ayudaba a preparar y distribuir la Eucaristía, «como en misión —decía—, porque ningún misionero podría imaginar un lugar mejor y más difícil que la misión».

En nuestra cultura de lo provisional y lo efímero, Janko es testigo de la fidelidad y la perseverancia. También para la vida consagrada, en la que, como repite el Papa Francisco, la fidelidad se pone a dura prueba.

Yo soy una misión para la vida de los demás: su vida, ofrecida «en la patena del amor», es, en particular para toda la Familia Vicenciana, una ocasión para renovar la fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al Santo Padre.

 

P. Serhiy Pavlish, C.M.

Postulador General

nerale

Deja un comentario

Artículos relacionados