De la semilla plantada en folleville y paris…al frondoso arbol de hoy – Jubileo 2025 – III

Después de la gratitud y el arrepentimiento, el camino jubilar se abre a la tercera dimensión: el compromiso. El Jubileo no es solo memoria, sino impulso hacia el futuro. Estamos llamados a renovar nuestra dedicación a la misión, con un corazón totalmente entregado a Dios y a los pobres.

Tercera dimensión: UN CORAZON ESPERANZADO: Verumtamen a quod pervenimus ut idem sapiamus, et in eadem permaneamus regula. Fil. 3,16

 

El 9 de mayo de 2024 el Papa dio la Bula «Spes non confundit», «la esperanza no defrauda». Con estas palabras del apóstol Pablo (Rom 5,5), el Papa Francisco, presentó la Bula que anuncia el Jubileo Ordinario del año 2025, que pretende ser una oportunidad para resucitar la esperanza sostenida por Dios-amor. La esperanza – escribe el Papa Francisco – nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz.

 

Y dentro de este marco está nuestro jubileo: “Mantener encendido el fuego para ser peregrinos de esperanza”.

 

Nuestro jubileo nos invita:

 

  • A revestirnos del Espíritu de Cristo, a volver cada vez más a Jesús y a centrar en Él nuestra vida, es el Verbo encarnado, es el «Divino Pobre». Tenemos el peligro de, en palabras del Papa Francisco, «ser cristianos sin Jesús». Es el momento de fortalecer nuestra identidad como discípulos misioneros de Jesús, con un corazón grande y misericordioso que se abaja a los pobres.

 

  • Recobrar la fuerza del Evangelio y recuperar su frescura original del carisma, recuperar la centralidad del Evangelio de Cristo, como lo hizo San Vicente, liberándonos de tantas doctrinas secundarias y esquemas religiosos que nos quitan «el perfume del Evangelio».

 

  • Profundizar y abrazar la mística de la caridad misionera de Cristo, «Sólo un corazón inflamado por el amor de Dios es capaz de contagiar a los demás». Esta profunda convicción hizo de San Vicente una persona de fe y oración profunda y auténtica, comprometida, realista y atenta a los problemas de su tiempo, en definitiva, a «amar a Dios con la fuerza de los brazos y el sudor de la frente» haciendo que acción y oración caminaran de la mano.

 

  • A trabajar por una evangelización integral: San Vicente no se limitó a la predicación o a la simple asistencia social. Supo conjugar el anuncio con la caridad, la predicación con la promoción, dimensiones de una misma acción misionera que busca la salvación de toda la persona y de todos los pueblos. Misión y caridad son dos caras de un mismo servicio, que lleva la Palabra que libera y salva, y busca construir la fraternidad y transformar las causas que generan la pobreza y la injusticia. Decía: «No puede haber caridad si no va acompañada de justicia».

 

  • Trabajar por una Congregación más fraterna y hermana: no pensar y vivir como islas; la certeza de saber que somos un solo cuerpo, ha de orientarnos a salir del ámbito de nuestras provincias, estando más atentos a las necesidades de los hermanos y de sus campos de acción, así las riquezas de unos ha de nutrir la vida y misión de estos cohermanos en graves necesidades.

 

  • Unidos a lo anterior, si somos de verdad “hermanos que caminamos en sinodalidad, “como amigos que nos queremos bien”, ya no seremos “ángeles en la calle y demonios en la casa” como nos lo recordaba el P. Maloney. El Señor bendecirá los esfuerzos y luchas; no nos faltarán las vocaciones, como expresaba del Fundador «Dejemos que Dios gobierne nuestra pequeña barca; si le es útil, evitará que se hunda”, al fin de cuentas esta “empresa”, no es nuestra sino suya, él la llevará “al ansiado puerto”.

 

  • Para concluir digamos con San Vicente “In nómine Domini”, somos gestores de una nueva generación, que recibe un pasado glorioso, que lucha cada día por un mundo mejor, y que ha de dejar a quienes vengan después de nosotros una Congregación mejor que la que recibimos. Y con San Pablo digamos: “En todo caso, no nos hagamos ilusiones de haber conquistado la meta, pero, eso sí, olvidándonos de todo lo que hemos dejado atrás, nos lanzamos a conseguir lo que está delante y corramos hacia la meta; hacia el premio al que Dios nos llama, desde lo alto, por medio de Cristo Jesús…”

P. Marlio Nasayó Liévano, CM

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Giubileo

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