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El misterio Trinitario: Raíz de nuestra misión y escuela de fraternidad

Este domingo la Iglesia Católica celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad. Para la Congregación de la Misión, este inefable misterio no es solo una celebración litúrgica en el calendario, sino que está en el mismísimo centro de nuestra espiritualidad y constituye nuestro ADN fundacional.

 

 

El fin principal de la Congregación

Desde nuestros orígenes, San Vicente de Paúl tuvo claro que nuestra vocación estaba intrínsecamente unida a este misterio. Tal como nos recordaba nuestro Superior General, el Padre Tomaž Mavrič, en su carta de Cuaresma de 2022: «La Santísima Trinidad es otro de los principales misterios de la espiritualidad de san Vicente» (Carta de Cuaresma 2022 a la Familia Vicenciana). Por ello, como testigos y mensajeros del amor de Dios, las Constituciones de la Congregación nos piden rendir veneración y culto peculiar a los misterios de la Trinidad y de la Encarnación (Constituciones de la Congregación de la Misión, IV, 48).

De hecho, recordando la Bula de fundación, San Vicente insistía en que debemos venerar este misterio de una manera «especialísima», no solo con actos de fe interiores, sino celebrando sus festividades con solemnidad y trabajando para que sea conocido y venerado por todos los pueblos (Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, X, 2). La Congregación, en definitiva, descubre en la Trinidad el principio supremo de su acción y de su vida comunitaria.

El modelo perfecto de las relaciones y la comunidad

Sin embargo, para San Vicente, el misterio trinitario nunca fue una idea abstracta o lejana. Al contemplar a la Trinidad hacia adentro («ad intra») como un misterio de amor infinito que se expresa en perfecta comunión, el Fundador descubrió en ella el modelo perfecto de las «relaciones» humanas.

Por ello, San Vicente nos invita a «trinitanizar» nuestras comunidades, haciendo que el misterio Trinitario sea verdaderamente el alma de nuestra convivencia. Puesto que en Dios «hay igualdad de personas y unidad de esencia» (Conferencia de San Vicente, citada en «A imagen de la Santísima Trinidad», Eco de la Casa Madre, 1975), los miembros de la Congregación están llamados a vivir en esa misma reciprocidad, compartiendo la vida y el apostolado.

Así lo expresaba San Vicente con profunda claridad al concluir una de sus cartas:

«En fin, vivan todas unidas, sin tener más que un solo corazón y una sola alma, a fin de que por esta unión de espíritu sean una verdadera imagen de la unidad de Dios, ya que su número representa a las tres personas de la Santísima Trinidad» (Conclusión de sus cartas, citado en «San Vicente de Paúl maestro de sabiduría XIII»).

Un compromiso concreto: «Verlo todo bien»

¿Cómo llevamos este gran misterio a la práctica en nuestro día a día? La espiritualidad vicentina nos exige que nuestra fraternidad se traduzca en una caridad cordial, capaz de superar el individualismo, evitar la murmuración y ser un espacio de perdón y reconciliación.

Para lograrlo, San Vicente nos lanza un desafío sumamente concreto y actual para nuestra vida comunitaria:

«Me gustaría que entre nosotros se extendiese esa santa práctica: verlo todo bien. Que se diga que en la Iglesia de Dios hay una compañía que hace profesión de estar muy unida, de no hablar nunca mal de los ausentes, que se diga de la Misión que es una comunidad que nunca encuentra nada que criticar en sus hermanos. La verdad es que yo estimaría esto más que todas las misiones, las predicaciones, las ocupaciones con los ordenandos y todas las demás bendiciones que Dios ha dado a la compañía, tanto más cuanto que en nosotros estaría entonces más impresa la imagen de la Santísima Trinidad» (Obras Completas, Edición Sígueme [E.S.], XI, 45-46).

Que en esta solemnidad renovemos nuestro compromiso de mirarnos con los ojos de Dios. Solo siendo un reflejo vivo de la unidad y el amor de la Santísima Trinidad, podremos sostener nuestra vitalidad apostólica y llevar la verdadera esperanza a los más pobres.




P.Tomas con niños

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