Como fiel miembro de la Congregación de la Misión (lazaristas), no dudó en adentrarse y caminar por las vastas tierras de frontera. Allí acompañó pastoralmente a las comunidades más sencillas y, en tiempos de enorme tensión y conflicto, se destacó por su espíritu de diálogo y pacificación con los pueblos originarios.
Su historia dio un giro providencial a raíz de un momento decisivo: encontrándose en un gravísimo peligro de muerte, hizo una solemne promesa a la Virgen de Luján de dedicar su vida a difundir su devoción si lograba salvarse. Fiel a su palabra, el Padre Salvaire se convirtió desde entonces en el gran impulsor e historiador del santuario de la Basílica de Nuestra Señora de Luján, transformando un milagro personal en una obra de fe que es hoy orgullo de todo un país.
Además de su inagotable labor misionera, Salvaire fue el gran narrador de los orígenes de la Virgen de Luján, consolidándola definitivamente como el máximo símbolo de identidad y espiritualidad del pueblo argentino. Su inmenso legado sigue vivo en la fe de cada peregrino. En 2016 se inició en Luján su proceso de beatificación, y hoy tenemos la inmensa gracia de que sus restos descansen en la propia Basílica, justo sobre el altar de la Medalla Milagrosa.