Si miramos nuestra historia, descubrimos que san Vicente de Paúl abordó el cuidado de los ancianos con una visión verdaderamente revolucionaria para su época. Al ver a tantos artesanos y trabajadores envejecidos que caían en la miseria al perder su capacidad física de trabajar, fundó en 1653 el asilo del Nombre de Jesús en París (San Vicente de Paúl: Una vida al servicio de los pobres, FAMVIN). Su finalidad no era simplemente aparcarlos o esconderlos de la sociedad, sino proporcionar un domicilio cómodo y acogedor a trabajadores impedidos y ancianos.
San Vicente les devolvió la dignidad evitando la ociosidad. Les proveyó de herramientas y enseñó oficios adaptados a sus fuerzas para que se sintieran útiles y valorados. En su primera plática a estos ancianos, les animó con estas hermosas palabras: «Todo esto debe obligaros a trabajar manualmente mientras podáis y en la medida de vuestras fuerzas, en vez de pensar: ‘No tengo que preocuparme de hacer nada, puesto que estoy seguro de que nada me faltará’. […] trabajad por amor de Dios, puesto que él mismo nos da ejemplo, trabajando de continuo por nosotros» (Plática a los ancianos del Nombre de Jesús, citado en «San Vicente de Paúl: Una vida al servicio de los pobres»).
El respeto que el Fundador profesaba por los mayores era tan profundo que se convirtió en una norma de vida. En la casa de San Lázaro, san Vicente comenzó a sentar a su lado en la mesa a pobres ancianos, y «los trataba con mucho respeto, y no les hablaba nunca sin descubrirse» (Vida del venerable Servidor de Dios Vicente de Paúl, Pedro Collet, Libro Sexto).
Esta profunda reverencia por la vejez ilumina nuestra vida congregacional de hoy. El Papa León XIV, en su mensaje para esta jornada, nos recuerda que la edad avanzada «puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual». El Santo Padre nos exhorta a vivir esta etapa con confianza, ya que «cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar» (Mensaje del Santo Padre León XIV, 26 de julio de 2026).
En la Congregación de la Misión, esta enseñanza evangélica es un pilar de nuestra vida comunitaria. Lejos de apartar a quienes por su edad ya no pueden estar en la «primera línea» de la pastoral activa, nuestras normas establecen de forma explícita que «los misioneros enfermos, los delicados de salud y los ancianos nos serán entrañablemente queridos y estimaremos su presencia como una bendición para nuestras casas» (Constituciones de la Congregación de la Misión, C 26, § 1).
Nuestros cohermanos mayores no dejan de ser misioneros cuando las fuerzas físicas merman. Al contrario, desde el testimonio de toda una vida entregada, la sabiduría, la oración y la aceptación de su vulnerabilidad, «unidos de manera especial al Cristo sufriente, toman parte en nuestra obra de evangelización» (Estatutos de la Congregación de la Misión, E 13).
Habiendo concluido recientemente la celebración del cuarto centenario de nuestra fundación (1625-2025), la presencia perseverante de nuestros misioneros ancianos es nuestro mejor testimonio de fidelidad al carisma. Como nos recordaba el Superior General, el P. Tomaž Mavrič, CM, al evaluar los frutos de este tiempo jubilar: «El Jubileo no se queda en la memoria del pasado; es una llamada a mirar al futuro con esperanza activa. Sigamos siendo peregrinos de esperanza junto a los pobres, testigos de un Evangelio que se hace servicio y fraternidad» (Nuntia, Noviembre 2025).
Que en esta Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores sepamos honrar a quienes nos precedieron, agradeciendo la inmensa labor de nuestros mayores y viendo en su serena presencia la fuerza misma de Cristo que sigue sosteniendo nuestra misión.