San Juan Gabriel Perboyre nació en Francia en 1802. Criado en una familia humilde, pronto sintió la llamada al sacerdocio y a la Congregación de la Misión. Tras algunos años de ministerio en Francia, pidió y obtuvo permiso para partir hacia China, donde llegó en 1835. Se dedicó con celo a la predicación del Evangelio, a la formación de los catecúmenos y al cuidado de los pobres. En 1839 fue arrestado a causa de la persecución contra los cristianos, sufrió crueles torturas y, el 11 de septiembre de 1840, fue ejecutado en Wuchang, estrangulado en una cruz. Juan Gabriel tenía solo 38 años.
Su camino hacia el martirio es sorprendentemente similar al de Jesús:
No se trata solo de coincidencias históricas: en Juan Gabriel, la vida del discípulo se ajustó plenamente a la del Maestro. Su martirio fue una verdadera pasión misionera, ofrecida en unión con Cristo por la salvación de las almas.
Hoy en día no todos estamos llamados al martirio de sangre, pero cada misionero, cada cristiano, se enfrenta a pruebas, dificultades e incomprensiones. San Juan Gabriel nos recuerda que la misión no está exenta de la cruz, pero que en la cruz se encuentra la fecundidad del anuncio.
San Vicente de Paúl, en las Reglas Comunes, nos exhortaba a bendecir a Dios cuando seamos perseguidos y a rezar por nuestros enemigos. Juan Gabriel lo vivió hasta el final: en el sufrimiento no respondió con odio, sino con fe y perdón. Su voz, hoy, nos anima a permanecer firmes: «Nunca renunciaré a la fe de Cristo».
Su ejemplo dice a los misioneros de hoy: no temáis las persecuciones, grandes o pequeñas, porque en ellas os hacéis más semejantes a Cristo y dais testimonio del Evangelio con fuerza.
San Juan Gabriel,
tú seguiste a Jesús hasta la cruz.
Obtén también para nosotros, misioneros, el valor de permanecer fieles,
la fuerza de no desanimarnos en las pruebas
y un corazón lleno de amor por los pobres y por el Evangelio.
Acompáñanos con tu intercesión,
para que, como tú, podamos entregar nuestra vida a Dios y a los hermanos.
Amén.