Nacido el 9 de octubre de 1800 en San Fele, al sur de Italia, Justino ingresó en la Congregación de la Misión con apenas dieciocho años. Sus primeros años de ministerio en Nápoles estuvieron marcados por un notable talento para la predicación, una profunda ternura pastoral y una inclinación espontánea hacia las periferias de la sociedad, especialmente los barrios pobres, las cárceles y los hospitales.
En 1839, cuando estaba próximo a cumplir cuarenta años, fue nombrado responsable de la Misión Apostólica en Etiopía (entonces conocida como Abisinia). Al llegar a Massawa tomó una decisión radical que marcaría toda su trayectoria: se negó a considerar a los fieles de la Iglesia Ortodoxa Etíope como paganos que debían convertirse o herejes que había que corregir. Por el contrario, se acercó a ellos con profundo respeto, aprendió las lenguas amárica y ge’ez, vistió el tradicional shamma blanco y se presentó no como representante del cristianismo europeo, sino como un hermano en la búsqueda de la plenitud de la fe.
Su mayor obra pastoral fue la formación de un clero católico autóctono: sacerdotes profundamente etíopes en su cultura y espiritualidad, que celebraban la Eucaristía no según el rito latino, sino conforme a la antigua tradición litúrgica ge’ez. Anunció a Cristo mediante un verdadero vaciamiento de sí mismo (kénosis), haciéndose, en la medida en que un extranjero podía lograrlo, uno más entre ellos.
Su manera de vivir el diálogo ecuménico estuvo marcada por un profundo respeto y una extraordinaria sabiduría. Nunca trató a los cristianos ortodoxos etíopes como adversarios a quienes vencer, sino como hermanos y hermanas en Cristo. En las complejas discusiones teológicas escuchaba antes de hablar, buscaba los puntos de encuentro y evitaba las polémicas estériles. La amistad más significativa de su vida fue la de Ghebra Michael, un erudito monje ortodoxo que llegó a convertirse en sacerdote católico y en su colaborador inseparable, coronando posteriormente su fe con el martirio.
Pero el legado de Justino posee también una dimensión social y diaconal profundamente transformadora, especialmente visible en su lucha activa contra la trata de esclavos, una de las grandes lacras del Cuerno de África en aquella época. Con los escasos recursos de que disponía compraba la libertad de personas esclavizadas, las acogía en sus comunidades y les ofrecía educación y una vida digna. Era un servicio al mismo tiempo material y espiritual, plenamente coherente con la visión de san Vicente de Paúl, para quien la caridad debía atender a la persona en todas sus dimensiones.
El éxito de su misión provocó inevitablemente una fuerte oposición. Como consecuencia de la persecución, Justino fue obligado a exiliarse en áridas regiones desérticas. A pesar del hambre, las privaciones y una salud completamente quebrantada, soportó aquellos sufrimientos con una alegría sobrenatural, entregándolo todo por un pueblo que no era el suyo.
Murió el 31 de julio de 1860 en la remota aldea de Hebo, agotado y rodeado de una pequeña comunidad de fieles. Desde criterios puramente humanos, su misión podría haber parecido un fracaso: murió desterrado, con una Iglesia perseguida y sin haber alcanzado la deseada unidad eclesial. Sin embargo, la Iglesia lo reconoce como santo, proclamando que la santidad no se mide por el éxito visible ni por los resultados institucionales, sino por la plenitud del amor y de la entrega de la propia vida.
Hoy, el testimonio de san Justino de Jacobis resulta de una actualidad extraordinaria para toda la Familia Vicenciana. Nos desafía a vivir su humildad cultural, a acercarnos al diálogo ecuménico con paciencia, a combatir con valentía las modernas redes de trata de personas y, sobre todo, a servir sin exigir contemplar los frutos de nuestro trabajo. San Justino es el santo de quienes sirven y se entregan sin condiciones, recordándonos que el carisma vicenciano es verdaderamente universal y que el amor nunca pierde su valor, aunque no llegue a contemplar resultados visibles.