San Vicente y los «descartados»

Cuando pensamos en San Vicente de Paúl y en los pobres, nos vienen a la mente los campesinos de las campiñas francesas o los mendigos de París. Pero si nos adentramos en sus cartas y documentos, el panorama se amplía: aparecen leprosos, ciegos pobres, presos de galeras, reclusos, chicas «desordenadas», mujeres heridas en el alma. Es el mundo de aquellos a quienes hoy llamaríamos «descartados»: personas a las que la sociedad prefiere no ver.

San Lázaro: casa de los leprosos, casa de los misioneros

La casa de San Lázaro es un símbolo poderoso. Al principio se creó para acoger a los pauperes leprosos, los pobres leprosos a los que nadie quería mirar ni tocar. Con la llegada de Vicente ocurre algo nuevo: San Lázaro se convierte también en la casa de los misioneros que se dedican a otra «lepra», la del alma: la ignorancia religiosa, la falta de pastores, una fe abandonada.

No se trata de desviar la atención, sino de ampliar la mirada:

  • curar la carne llagada
  • y, al mismo tiempo, la dignidad herida, la fe abandonada.

Hoy la pregunta para nosotros es: ¿cuáles son las «lepras» que aíslan a las personas?

Enfermedades estigmatizadas, adicciones, trastornos psíquicos, VIH, algunas discapacidades que aún dan miedo. La mirada vicenciana no elige: ni solo ayudas materiales, ni solo palabras espirituales, sino un cuidado integral de la persona.

Quinze-Vingts: los ciegos de ayer y las cegueras de hoy

Otro lugar clave es Quinze-Vingts, el hospicio para ciegos pobres fundado por San Luis, donde Vicente envía a Luisa de Marillac para reunirse con las responsables de la Caridad.

Aquí la pobreza no es «genérica»: está formada por personas que no ven, no tienen ingresos y, a menudo, no tienen familia.

Hoy en día hay muchas «ceguera»:

  • discapacidades físicas,
  • exclusión digital,
  • falta de educación,
  • imposibilidad de participar en la vida social.

El método de Vicente es sorprendentemente actual:

no conformarse con ayudas ocasionales, sino entrar en las estructuras, hablar con quienes deciden, crear redes, poner orden y transparencia para que nadie se quede atrás.

Rostros de mujeres y niñas: no son números, sino historias

En las cartas llama la atención la ternura concreta con la que san Vicente habla de una «pobre muchacha, muy enferma y no apta para la Caridad» o de «pobres mujeres» a las que acompañar espiritualmente. No son categorías abstractas: son rostros, historias, preguntas muy concretas.

Vicente se pregunta:

  • cómo curarla,
  • si algún día podrá mantenerse con un oficio,
  • si una obra creada para ciertas mujeres debe continuar o cerrarse.

Aquí se vislumbran nuestras periferias femeninas:

  • chicas marcadas por los abusos y la violencia doméstica,
  • mujeres explotadas o dependientes de sustancias,
  • migrantes, madres solas, mujeres sin apoyo.

La respuesta vicenciana no es un eslogan, sino un delicado equilibrio entre:

  • escuchar,
  • discernir,
  • tomar decisiones concretas: cuidar, formar, dar herramientas para mantenerse en pie… y tener el valor de cambiar de rumbo cuando una obra ya no es saludable.

Galeotes y presos: periferias cerradas

Aún más profética es la mirada sobre los convictos y los presos. Vicente ve en los convictos y los presos a pobres de pleno derecho: pobres de libertad, de relaciones, de esperanza. Llega a decir que la caridad hacia ellos es de «mérito incomparable» y envía sacerdotes para que los asistan de manera estable, con la Palabra y los sacramentos, no solo con alguna ayuda material.

Hoy esto nos habla de:

  • cárceles superpobladas,
  • personas marcadas por un error y sin posibilidad de redención,
  • migrantes encerrados en centros de acogida o de expulsión.

La pregunta sigue siendo actual: ¿quién se ocupa de estas «periferias cerradas», donde no se ve y no se quiere ver?

«Almas buenas y santas»: los protagonistas de la caridad

Dentro de este mosaico hay un hilo que lo une todo: la convicción de que Dios suscita «almas buenas y santas para la asistencia del pueblo pobre».

No bastan las estructuras, las leyes, las normas (¡que son importantes!): se necesitan personas conmovidas en su interior, que sientan la llamada a compartir su tiempo, sus competencias, su vida.

Por eso Vicente:

  • apoya a las Confraternidades de la Caridad,
  • involucra a damas de alto rango para atender a 800-900 pobres enfermos en el Hôtel-Dieu,
  • fomenta nuevas vocaciones como las Hijas de la Caridad y otras obras nacientes.

Hoy en día, esto se traduce en:

  • laicos y consagrados,
  • familias y jóvenes voluntarios,
  • profesionales del ámbito social,
  • redes de parroquias y realidades eclesiales.

Es el rostro plural de la Familia Vicenciana y de muchos hombres y mujeres de buena voluntad.

Bienes, dinero, elecciones: todo «empezando por los últimos»

Un último punto decisivo se refiere a la relación con los bienes. En los documentos sobre San Lázaro y los hospitales se habla de ingresos, fundaciones, rentas. Vicente insiste: todo esto solo tiene sentido si se orienta a los más pobres, en cuerpo y alma.

Incluso las indulgencias y las gracias espirituales pedidas al Papa para las misiones y las obras de caridad están pensadas para el «pueblo pobre».

Hoy esto nos concierne también a nosotros:

  • los presupuestos de las parroquias,
  • las inversiones de las obras católicas,
  • el uso de los inmuebles,
  • las prioridades en las actividades pastorales.

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿todo está realmente pensado «empezando por los últimos»?

¿Y nosotros, dónde estamos?

Al leer estas páginas, se comprende que, para San Vicente, los pobres no son solo destinatarios de la caridad, sino criterio de reforma de la Iglesia y papel tornasol del Evangelio vivido.

  • Los leprosos y los ciegos de ayer se asemejan a los enfermos olvidados de hoy, a los discapacitados excluidos, a los invisibles de nuestros barrios.
  • Los presidiarios y los presos de entonces recuerdan a los reclusos de hoy, a los migrantes en tránsito, a los pobres «recluidos» en periferias sin futuro.
  • Las pobres muchachas y mujeres heridas hablan de las nuevas esclavitudes, de las heridas afectivas, de la violencia doméstica.

Actualizar a San Vicente significa dejarnos alcanzar por estos rostros y hacernos preguntas personales:

  • ¿Dónde está hoy mi «San Lázaro»?
  • ¿Quiénes son mis «Quinze-Vingts»?
  • ¿Qué presidiarios y qué «pueblos pobres» esperan una presencia evangélica cerca de mí?

La respuesta será diferente para cada uno, pero para quienes viven el carisma vicenciano —y para cualquiera que se tome en serio el Evangelio— siempre pasará por aquí:

ponerse del lado de los descartados, con inteligencia, ternura y concreción, reconociendo en ellos el rostro de Cristo pobre que sigue pidiendo ser amado en la carne y en la historia de hoy.

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