San Vicente y los «pobres descarriados»: del hereje de ayer a los gobiernos de hoy que eligen la guerra

Un viaje desde el viejo hereje convertido por la oración hasta los «gobiernos descarriados» de hoy, para redescubrir con San Vicente la fuerza del diálogo y del Evangelio de la paz.

Había un hombre, según cuentan las cartas de San Vicente, que no quería saber nada de la Iglesia. Anciano, marcado por una larga resistencia, vivía en el error y rechazaba cualquier diálogo. Los misioneros se habían acercado a él varias veces: nada. Se cerraba, rechazaba, tal vez con dureza, tal vez con ese sarcasmo amargo que nace de las heridas.

Vicente no lo define con desprecio. Lo llama con tres palabras que sorprenden: «ese pobre descarriado». No dice «el rebelde», «el malo», «el enemigo de la Iglesia», sino «pobre» y «descarriado». Pobre, porque carece de la luz de la fe. Desviado, porque ha tomado un camino de alejamiento, pero sigue siendo un hombre buscado por Dios. Es una pobreza diferente a la del campesino o del enfermo, pero, a los ojos de Vincenzo, no menos real: pobreza espiritual, pobreza de verdad, pobreza de confianza.

Cuando todo argumento parece ya inútil, los misioneros eligen un camino que hoy podría hacer sonreír a los más astutos: se dirigen a la Virgen, recitan las letanías con sencillez, encomiendan a ese «pobre descarriado» a la misericordia de Dios. Y ocurre lo que ningún razonamiento había logrado: el hombre regresa, pide confesarse, abandona el error, recibe la comunión. No es magia; es el fruto de una misteriosa combinación de oración, paciencia y delicadeza.

Esta pequeña historia dice mucho de la forma en que san Vicente mira a los alejados de la fe. El hereje no es un «enemigo a abatir», sino un pobre por el que llorar, por el que rezar, al que esperar. Su cierre al diálogo es una herida, no un motivo de orgullo. Y la respuesta no es la dureza, sino una humilde perseverancia: buscarlo cuando sea posible y, cuando ya no lo sea, seguir estando cerca de él con la oración y el sufrimiento ofrecido.

Si desviamos la mirada del rostro de ese hombre al panorama de nuestro mundo, encontramos otras formas de «herejía», quizás menos evidentes, pero igualmente dramáticas. Ya no se trata solo de personas individuales que rechazan la fe, sino de lógicas colectivas que rechazan el Evangelio de la paz. Hay gobiernos, poderes, sistemas que eligen la vía de la guerra como instrumento normal, casi inevitable; que rechazan cualquier intento serio de diálogo; que invierten enormes recursos en armas y casi nada en caminos de reconciliación.

También aquí, instintivamente, nos sentiríamos inclinados a hablar de «malos», de «monstruos», de «enemigos». La tentación es utilizar la misma arma: excomuniones a distancia, juicios duros, condenas que solo dejan amargura en el interior. La mirada de san Vicente, sin embargo, nos provoca a dar un paso diferente: atrevernos a llamar también a estos «pobres descarriados». No para justificar el mal de las guerras —que sigue siendo mal y produce una cadena infinita de sufrimientos—, sino para reconocer que, detrás de cada elección de violencia, hay una profunda miseria: miedo, idolatría del poder, incapacidad de confiar, ceguera espiritual. Es una forma colectiva de pobreza, una herejía de la historia que rechaza al Dios de la paz.

Vicente ya conocía, en su época, el dramático vínculo entre guerra y pobreza. Las cartas hablan de pueblos devastados, campos quemados, poblaciones en fuga, diócesis despojadas. Cuando escribe a los suyos, no se limita a describir la miseria de la gente; señala que la guerra y la pobreza del país se convierten también en un obstáculo para la misión: se puede viajar menos, es difícil mantener las casas, faltan recursos para la catequesis, los propios misioneros enferman o tienen que detenerse.

En definitiva, la guerra genera una doble pobreza: la inmediata de las familias que lo pierden todo y la indirecta de una Iglesia que lucha por anunciar el Evangelio precisamente en los lugares más heridos. Es como si la voz de la buena nueva fuera sofocada por el ruido de las armas y el grito del hambre. Los «pobres perdidos» de los que hablaba Vicente, alejados de la fe, sin educación cristiana, se vuelven aún más difíciles de alcanzar cuando el territorio está desgarrado por los conflictos.

Si pensamos en nuestros días, la escena se repite con acentos quizás aún más dramáticos. Regiones enteras del mundo están devastadas por guerras declaradas o encubiertas; poblaciones enteras están huyendo; los pobres aumentan y las barreras se multiplican. Las comunidades cristianas, a menudo pequeñas y frágiles, tratan de resistir, pero la misión se vuelve difícil: faltan medios, faltan personas, faltan espacios de libertad. También hoy la guerra es una pobreza que genera otras pobrezas y se convierte, como en los tiempos de San Vicente, en un obstáculo concreto para el anuncio del Evangelio.

Sin embargo, precisamente aquí el carisma vicenciano puede ofrecer una clave. Ante los «herejes» de ayer y de hoy —el individuo que rechaza la fe, el gobierno que rechaza el diálogo y elige la guerra—, el primer paso no es el odio, sino el reconocimiento de una pobreza espiritual. Es la capacidad de decir, como hacía san Vicente: «Este hombre, este pueblo, este sistema es pobre. Está descarriado, pero sigue siendo buscado por Dios». No significa cerrar los ojos ante la responsabilidad; significa negarse a convertir al otro en un enemigo irremediable.

El segundo paso es el que las cartas describen tan a menudo: rezar, perseverar, mantener abierta la puerta del diálogo. El viejo hereje se convierte después de que los misioneros hayan elegido el camino de las letanías y la súplica. Nadie puede garantizar que esto suceda siempre; pero el Evangelio pide que siempre haya al menos alguien que, ante el rechazo, no responda con un rechazo igual y contrario, sino con una mayor gratuidad. En nuestro tiempo, esto puede significar, para la Congregación de la Misión y para la Familia Vicenciana, seguir trabajando por la paz, educar en el discernimiento, acompañar a las víctimas de los conflictos, pero también interceder por los responsables, para que su pobreza espiritual no los destruya ni destruya a los pueblos confiados a sus decisiones.

El tercer paso es permanecer cerca de las primeras víctimas de estas «herejías de poder»: los pobres. Cuando los gobiernos eligen el conflicto, quienes pagan el precio más alto son siempre los más pequeños: familias desarraigadas, trabajadores sin empleo, jóvenes sin futuro, campesinos sin tierra, enfermos sin atención médica, niños sin escuela. Aquí el carisma vicenciano encuentra su camino más típico: estar con los afectados, inventar formas de proximidad, mantener viva la esperanza, incluso cuando la historia parece ir en dirección contraria.

En el fondo, la historia de «ese pobre descarriado» y la historia de las guerras de hoy nos plantean la misma pregunta: ¿cómo miramos a quienes no aceptan el diálogo? ¿Como un enemigo a eliminar o como un pobre a llevar ante Dios? San Vicente no tiene dudas: elige la segunda vía. Y precisamente por eso, sin dejar de denunciar el mal y las injusticias, sigue siendo hasta el final un hombre de misericordia y paciencia.

Para quienes lo miran hoy, no se trata de imitar gestos del pasado, sino de adoptar una mirada: la que reconoce la pobreza espiritual dentro de la historia, que no se resigna al rechazo del diálogo, que no deja de orar y de servir. Es una mirada exigente, sin duda. Pero también es la única que permite esperar que, como aquel viejo hereje, también los «pobres gobiernos descarriados» de nuestro tiempo puedan descubrir algún día el camino de la paz y del diálogo, abriendo por fin un espacio de vida nueva para los pobres del mundo.

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