Santa Catalina Labouré: El secreto de una santidad en la vida cotidiana

Por Sor Marie-Claire Camara, Hija de la Caridad Queridos amigos: Hoy quisiera invitaros a caminar tras las huellas de una de las hermanas más extraordinarias y, al mismo tiempo, más humildes de nuestra Compañía: Santa Catalina Labouré.

Con frecuencia la conocemos únicamente como la mensajera de la Medalla Milagrosa. Sin embargo, al profundizar en su historia, he querido compartir con vosotros otra faceta de su persona. Contemplarla de cerca es descubrir cómo Dios abre un camino de santificación en lo más ordinario de nuestra vida cotidiana. Dios solo nos pide vivir en el ejercicio del Amor santo, y nuestra hermana Catalina es una perfecta ilustración de ello.

Su itinerario comienza en la sencillez de una granja francesa. Catalina tenía apenas nueve años cuando sufrió el inmenso dolor de perder a su madre, fallecida repentinamente a la edad de cuarenta y seis años. En medio de aquella prueba, su fe de niña no vaciló. Se dirigió a la Santísima Virgen María y le pidió que se convirtiera en su nueva Madre. Muy pronto dio muestras de una generosidad fuera de lo común: con tan solo doce años asumió, con valentía y disponibilidad, la pesada responsabilidad de encargarse del hogar de la granja familiar. Lo hizo con una alegría silenciosa para permitir que su hermana mayor, María Luisa, pudiera partir y realizar su propia vocación como Hija de la Caridad.

Después de años de intenso trabajo, alimentados por la oración y el ayuno, llegó finalmente su turno. El miércoles 21 de abril de 1830, a la edad de veintitrés años, Catalina llegó a París para ingresar en el Seminario de nuestra Casa Madre. Las hermanas de aquella época la describían como una joven que poseía «una buena devoción, un buen carácter, un temperamento fuerte, amor al trabajo y una gran alegría». En definitiva, una buena muchacha de pueblo, exactamente como les gustaban a nuestros fundadores, san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac.

Fue en ese ambiente sencillo donde el cielo se abrió para ella. La noche del 18 de julio de 1830, un niño misterioso la despertó y la condujo hasta la capilla: la Santísima Virgen la esperaba. Más tarde, el 27 de noviembre, tuvo lugar la aparición de la Medalla Milagrosa, en la que María, de incomparable belleza, le pidió que hiciera acuñar una medalla con la invocación: «Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos».

Ante gracias tan extraordinarias, muchos habrían buscado el reconocimiento. Pero lo que más me interpela de Catalina es su total ocultamiento. Su confesor, el padre Aladel, se mostró al principio desconfiado y le dijo que las Hijas de la Caridad no estaban hechas para soñar. Catalina no se desanimó; eligió permanecer como una sencilla servidora. Decía de sí misma, con una humildad desarmante: «No he sido más que un instrumento. La Santísima Virgen no se apareció por mí. Me eligió porque no sabía nada, para que nadie pudiera dudar de ella». Toda su pedagogía consistió en conducir a quienes la rodeaban hacia Dios, nunca hacia sí misma.

Al terminar el Seminario fue destinada al hospicio de Enghien, en las afueras de París. Allí permaneció durante cuarenta y seis años, hasta el final de su vida, desempeñando las tareas más ocultas: la cocina, la portería y el cuidado de los ancianos. Es allí donde más me gusta contemplarla. Los testimonios de sus compañeras son unánimes y profundamente conmovedores. Nos cuentan su entrega incansable: ella misma fregaba los suelos para que todo estuviera perfectamente limpio; velaba de noche junto a los enfermos y remendaba con cariño su ropa. Sor Juana Dufès relataba que cuidaba a los ancianos con una caridad y un respeto profundos. Y, sin embargo, también sabía ser firme. Pienso con frecuencia en aquella anécdota de un anciano que había abusado de la bebida. Catalina lo corregía sin enfadarse y, cuando alguien se sorprendía de su mansedumbre ante aquel comportamiento, respondía sencillamente: «Es que, a pesar de todo, veo en él a Nuestro Señor».

Nuestro fundador, san Vicente, decía que vivir en comunidad para servir a los pobres es una forma de «martirio». Puedo afirmar, al contemplar su vida, que santa Catalina fue una auténtica mártir de la caridad: un martirio silencioso y perseverante. La negativa persistente de su confesor a hacer esculpir la imagen de la Virgen con el globo fue, según sus propias confidencias, el gran martirio de su vida. Sin embargo, siempre supo perdonar y esperar pacientemente la hora de Dios.

Hoy, cuando el mundo busca con frecuencia el triunfo y la visibilidad, el testimonio apostólico de santa Catalina nos invita a volver a lo esencial: la sencillez. Como lo resumió admirablemente su última superiora, sor Dufès, Catalina permaneció como «una sombra muda y silenciosa»; si salió de ese anonimato tras su muerte, fue únicamente para recordarnos el amor de María. Escuchemos sus consejos, imitemos su ejemplo y procuremos también nosotros realizar nuestras pequeñas acciones con un amor extraordinario, para que Dios habite en nuestros corazones y encuentre en ellos sus delicias.



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