Tiempo de Cuaresma ciclo A

Un itinerario cuaresmal desde el desierto hasta la gloria: el ciclo A acompaña a los catecúmenos y a la comunidad en una trayectoria decididamente pascual. El agua, la luz y la vida nueva (la samaritana, el ciego de nacimiento, Lázaro) se convierten en preguntas concretas sobre el dolor, la fe y el «último lugar», vividos con Cristo.

En la preparación del leccionario, varios consideraban que, para la Cuaresma, un solo ciclo (se había elegido el ciclo A[1]) era suficiente dada su importancia doctrinal fundamental. Prevaleció el grupo de los biblistas y se llegó a una decisión equilibrada: allí donde hay catecúmenos que se preparan para su iniciación en la noche de Pascua, se debe utilizar el ciclo A porque está vinculado al catecumenado. Sin embargo, si se considera oportuno, se puede utilizar siempre.

El ciclo A sigue una línea fundamentalmente pascual. Su leccionario puede dividirse en dos partes:

a) Los dos primeros domingos presentan, en un sorprendente resumen, toda la historia de la salvación:

 

Primer domingo: tras la tentación de la que es víctima el hombre, se produce la destrucción de la unidad de la creación, en sí misma y con Dios (primera lectura: Gn 2, 7-9. 3, 1-7). Pero a esta tragedia se opone la victoria de Cristo, que derrota al mal, superando la tentación en los cuarenta días en el desierto (evangelio: Mt 4, 1-11). La consecuencia es que también para nosotros, hoy, donde abundó el pecado, sobreabunda la gracia (segunda lectura: Rom 5, 12-19).

 

Segundo domingo: este domingo nos permite vislumbrar ya lo que nos espera al final de nuestro camino: el paraíso de la gloria del Padre.

Cristo aparece entre Moisés y Elías, tipos de los cuarenta días de ayuno; Jesús, que ha vencido el poder del mal, ahora está transfigurado (Evangelio: Mt 17, 1-9). Se pone el ejemplo de Abraham, que sigue las órdenes del Señor y se convierte en padre de un gran pueblo (primera lectura: Gn 12, 1-4). Estos modelos constituyen para cada cristiano la vocación acogida en el bautismo (segunda lectura: 2 Tm 1, – 10).

El catecúmeno se enfrenta a su situación vital, en la que debe ver las dificultades, pero también la belleza del camino que conduce al encuentro con el Resucitado.

Por esta razón, los tres domingos siguientes podrían definirse como domingos sacramentales, ya que su liturgia de la Palabra está relacionada con los efectos de los sacramentos de la iniciación cristiana. De hecho, a partir del tercer domingo se evocarán los misterios del agua, de la luz, de la resurrección y de la vida.

 

Tercer domingo: el pasaje del Evangelio es el de la samaritana (Jn 4, 5-42). El tema del agua y la sed se retoma en la primera lectura, donde los israelitas piden de beber y se sacia su sed (Ex 17, 3-7). La segunda lectura, por su parte, recuerda a la comunidad que celebra la Eucaristía que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado como don (Rom 5, 1-2. 5-8).

 

Cuarto domingo: el tema de la iluminación constituye el centro de la liturgia de la Palabra de este domingo. De hecho, a los bautizados se les ha llamado durante mucho tiempo los iluminados.

A este respecto, se ha elegido como perícopa evangélica el pasaje del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41). Como primera lectura se ha elegido la que trata de la unción real de David (1 Sam 1, 1. 4,6,-7, 10-13). La conexión con el Evangelio es que el iluminado con la consagración bautismal se convierte en sacerdote, rey y profeta. También la unción que Jesús realiza sobre el ciego de nacimiento tiene este significado. Además, conviene recordar que el iluminado es una persona elegida por Dios sin que pueda presumir de ningún mérito.

Por último, los hermanos de David, aunque aparentemente más fuertes que él, no fueron elegidos. En cambio, fue elegido el más pequeño y el más oculto de los hijos de Eliab, es decir, David. Debemos recordar siempre este hecho en la Iglesia, porque, a menudo, las cosas salen mal porque no se utiliza el criterio de Samuel en la elección de las personas que ocupan los distintos cargos, sino el del padre de David: el de las apariencias, que no es el de Dios, y una de las consecuencias, al menos en las iglesias occidentales, donde reina el bienestar, es la falta de vocaciones, que no se debe al bienestar, sino a nuestra incapacidad para evangelizar, especialmente cuando seguimos, en la elección de las personas, el criterio del padre de David y no el del profeta, que es el mismo que el de Dios.

 

Quinto domingo: es el domingo de la vida nueva.

El evangelio de la resurrección de Lázaro sitúa a todo hombre que cree en la estela de esta resurrección; quien cree tiene la vida (Jn 11, 1-45) porque, como se dice en la segunda lectura, el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros (Rom 8, 8-11). El Señor que resucita a Lázaro y, a través de su Espíritu, resucita a su vez de entre los muertos, es aquel que en la primera lectura nos decía: «Haré entrar en vosotros mi Espíritu y reviviréis» (Ez 37, 12-14).

 

La nueva ordenación del leccionario confiere a las lecturas de la Cuaresma una teología constructiva que va mucho más allá de una visión puramente ascética, a menudo demasiado negativa.

La Cuaresma es el tiempo en el que estamos llamados a responder a la pregunta: cuando el dolor llama a mi puerta, ¿estoy dispuesto a vivirlo como Cristo en su pasión? ¿O me rebelo contra Dios porque ha permitido que una persona comprometida con seguirlo, como yo, sufra? ¿Soy capaz de estar, como Cristo, en el último lugar, o debo sentarme a toda costa en los primeros lugares?

Deseo a todos que vivan una santa Cuaresma.

Por el P. Giorgio Bontempi, c.m.

[1]  Véase AA.VV. L’Anno Liturgico, Anamnesis 6: historia, teología y celebración, Marietti, Turín, 1989, pp. 162-163.

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