La virtud de la modestia ha desaparecido de nuestro vocabulario, no solo del lenguaje común, sino también del cristiano. ¿Quién habla hoy de modestia? Desde un punto de vista lingüístico, es una palabra tan pasada de moda, tan lejana de nuestra sensibilidad actual, que incluso parece perjudicial reutilizarla para cultivar una espiritualidad cristiana madura. En definitiva, se considera un término viejo del que habría que deshacerse. Ya no transmite los significados positivos que tenía en otro tiempo.
Pero ¿es realmente así? ¿No podemos recuperar nada de su significado?
San Vicente contempla maravillado la modestia, como todas las demás virtudes, en Cristo. «En Cristo Señor resplandecía tal modestia en el rostro, en los gestos y en las palabras, que multitudes enteras eran atraídas al corazón del desierto para gozar de su presencia y escuchar las palabras de vida eterna que brotaban de sus labios, olvidándose incluso de comer y beber». La referencia es al episodio de la multiplicación de los panes y los peces y a las multitudes que seguían a Jesús. San Vicente dice que estaban “atraídas por su modestia”. Este es el argumento que utiliza para motivar la práctica de esta virtud en la vida de los misioneros. La modestia debe practicarse por dos razones: 1) porque Cristo la practicó, y esta es la razón principal; 2) porque posee un gran poder de atracción sobre las personas. Por ello, un misionero que desea seguir a Cristo y vive en contacto con mucha gente no puede dejar de vivir la modestia, a la que define como una «amable virtud». El primer número del capítulo VII termina con la cita de san Pablo: «Que vuestra modestia sea conocida de todos los hombres» (Flp 4,5).
A continuación, seis apartados describen cómo un misionero puede y debe ser modesto.
La modestia es la manera de presentarse ante los demás. Se manifiesta en la forma de mirar, de hablar, de vestir, de caminar, de tocar a los demás, de habitar y de utilizar los bienes que se poseen. San Vicente la describe primero de forma negativa, excluyendo los comportamientos y actitudes contrarios a ella. Nada frívolo, infantil o excéntrico en el modo de ser (n. 2); ningún contacto grosero o inapropiado en las relaciones (n. 3); nada rebuscado en el modo de vestir (n. 4); ningún descuido en la propia habitación (n. 5); ninguna ostentación (n. 7). Positivamente, esto se traduce en un estilo de vida sobrio, esencial y reservado, que busca el decoro en toda situación y exige desprendimiento de sí mismo en todos los aspectos.
Lo que san Vicente propone a sus misioneros mediante la virtud de la modestia es un programa de vida evangélica centrado totalmente en el “olvido de sí”. En el centro no está la propia vida, sino las exigencias de la misión. El misionero no debe atraer la atención hacia sí mismo, sino hacia el Reino de Dios. Por eso debe desaparecer de la escena. No puede ponerse en primer plano. El misionero no puede confiar en el poder que proviene de la riqueza ni en la fuerza seductora de las apariencias. Por el contrario, cree en el testimonio silencioso y oculto de la sobriedad en el uso de los bienes, de la sencillez en las actitudes, de la reserva en los comportamientos, de la elegancia en el trato y del decoro de la persona y de los ambientes donde vive.
La virtud de la modestia es un llamado constante a lo esencial en la vida. Inmersos en un mundo totalmente entregado a las apariencias, a la búsqueda de lo superfluo, a la multiplicación de palabras y a los gestos espectaculares que buscan llamar la atención, el regreso a lo esencial es el correctivo necesario para una vida digna de los hijos de Dios.
Nicola Albanesi